Seguramente no pueda decirse tan atinadamente de nadie como de Antonio Gala que cambió el oro de la gloria por la calderilla de fama. Había sido un niño pitagorín y devoto, allá en la Brazatortas natal que borró de su biografía, por parecerle que el topónimo lo avillanaba; y luego fue un jovencito envenenado de poesía en Córdoba , donde acuñó un personaje, entre árabe y romano, entre sensual y senequista, que convertiría en marca personal. Allá en la infancia había querido ser «ebanista, como Jesús»... Читать дальше...