Chris Paul, la estrella maldita al fin alcanza su nirvana
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Chris Paul nació en 1985 en Winston-Salem, una pequeña localidad de Carolina del Norte, una de las zonas de Estados Unidos donde el baloncesto es más que un deporte, pues su más ilustre ciudadano es nada menos que Michael Jordan y su institución más conocida la universidad del estado, por la que han pasado decenas de los grandes jugadores como Bob McAdoo, Rasheed Wallace o Vince Carter. Pese a que Paul parecía predestinado a jugar en el legendario equipo, acabó en una institución de menos renombre, la normalmente anónima universidad de Wake Forest. Una decisión que, sin embargo, le permitió despuntar y ser el caramelo al que todos los grandes equipos de la NBA aspiraban a poseer.
Hablar de Chris Paul en la NBA es hacerlo de un talento inalterable con mala suerte y con gusto por la fricción. Siempre ha estado ahí, entre los mejores anotadores y asistentes, pero el destino nunca le ha deparado más que trincheras. Cuando jugaba en los New Orleans Hornets, en 2011, estuvo a punto de unirse a Los Ángeles Lakers de Kobe Bryant, el gran equipo del momento. Oficializado su traspaso, que hubiese supuesto una oportunidad de oro y púrpura para optar al anillo, la liga vetó su fichaje (alegando que en ese momento la franquicia de Nueva Orleans no tenía propietario) para mandar a Paul a los Clippers, un hermano que quería hacerse grande en la liga. Se montó un gran revuelo y pese a demostrar un excelente nivel en su nuevo equipo, nunca se acercó a las últimas estancias de la liga.
Pero seguramente su gran viacrucis se dio en los Houston Rockets, equipo en el que militó de 2017 a 2019. En su primer año con los tejanos y junto a James Harden, Paul tuvo acorralado a los Golden State Warriors, última gran dinastía de la NBA. Una victoria de los Rockets los mandaba a las finales pero el base, de forma trágica, cayó lesionado de los isquiotibiales y no pudo jugar los últimos dos encuentros. Descabezados sin su líder, los Warriors les pasaron por encima y encontraron una llevadera meseta sobre la que ir hacia el título. Desesperado, se convirtió en nómada y vagó por equipos de media talla, como los Oklahoma City Thunder o los Phoenix Suns.
Un nómada redimido
Pese a su a veces conflictivo carácter (ayer acabó dedicándole la victoria al banquillo de los Clippers e incluso Bverly, base de los californianos optó por tirale al suelo de un empujón cuando el partido estaba parado), Paul es de esos deportistas que cambian la cultura ganadora de los equipos por los que pasa. A los Thunder, contra todo pronóstico y con un pobre núcleo de jugadores, los metió en los playoffs de manera inesperada. Phoenix, sin embargo, quedará como su lugar especial en el mundo. La franquicia de Arizona era uno de esos equipos abonados cada temporada a la derrota y a las malas decisiones. Pero con el base, la buena dirección de Monty Williams (entrenador con el que ya coincidió en los Hornets hace 10 años)
y con el emergente talento de Devin Booker, acompañados de un buen puñado de competentes secundarios, han resucitado al equipo, segundos en la temporada regular y por primera vez en las finales desde 1993, cuando vestía su camiseta Charles ‘El Gordo’ Barkley. Deandre Ayton, prometedor pívot de los Suns, fue claro hace unas semanas sobre la llegada de Paul al equipo: «Es lo mejor que le ha pasado a mi carrera».
Haciendo honor a su condición de maldito, Paul, antes de glorificarse hace solo unas horas en estos playoffs, sufrió una dolorosa lesión en el hombro en las primeras eliminatorias que hizo su baloncesto intermitente, además de estar en cuarentena hace una semana por un contacto directo con un positivo por coronavirus. El destino, una vez más, se lo puso difícil, pero esta vez el base le ganó el pulso a sus fantasmas. Y puede que no haya una segunda oportunidad de redimir su cicatrizada alma. Las finales de la NBA, al fin, le esperan.
