El segundo apellido de Alfredo Landa es Areta, como el de un personaje clave en su filmografía, Germán Areta, el detective triste de 'El crack'. Landa ha sido un actor de época y de épocas, un gigante de la interpretación y probablemente el más popular de todo el cine español. Un actor insuperable en la comedia y un actor prodigioso para el drama, que se filtra como un líquido en sus personajes y que, una vez ahí, se solidifica y los deja compactos y consolidados en la pantalla. Su paso por la comedia de los años sesenta y primeros setenta fue un doctorado en química y comunicación, desde sus breves pero rotundas apariciones en títulos como 'Atraco a las tres' o 'El verdugo' , hasta su explosión en ' No desearás al vecino del quinto ', donde le dio nombre a todo un movimiento, 'el landismo' , un cine que venía con el sello de su tiempo y mucho más cáustico y mordaz de lo que hoy se suele considerar. Decenas de películas que no anunciaban al gran intérprete dramático que tenía dentro y que sacó en títulos como 'El puente', 'El crack', 'Los santos inocentes' o 'Canción de cuna' . Las claves del talento como actor de Alfredo Landa están en todas y cada una de sus películas, las mejores y las menos mejores, pues en todas ha mirado a la cámara con sus ojos de exprimidor, ha escuchado los sentimientos del actor de enfrente como si fueran suyos y se los ha transmitido a la pantalla con una cercanía de confesionario. Siempre y todos han entendido a Landa, la franqueza de su primer plano y la honradez que ponía en darle importancia a su contraplano, en hacer valiosa y sustanciosa la interpretación de enfrente. Todo el mundo conoce y ha sentido la proximidad de Alfredo Landa desde la pantalla, sí, pero ahora se puede reavivar la enormidad de su figura con el estreno de 'Landa', un documental dirigido por Gracia Querejeta y Miguel Olid (quien ya hizo un modélico retrato filmado de ' Manuel Summers, el rebelde ') en el que repasan, recuerdan y encuadran en un marco bien trabajado del gran actor. Una película que cumple a la perfección su provechoso cometido de que, al salir de ella, se conoce más y mejor al personaje que cuando se entró, algo que parece obvio pero que no siempre ocurre. Su estructura no ofrece novedad y está construida con la viva voz de Landa en entrevistas de archivo, con imágenes de muchas de sus películas y con los variados testimonios de algunas de las personas más cercanas a él, como sus hijos Alfredo e Idoia Landa Imaz, o de algunos de los profesionales del cine y amigos más próximos, como José Sacristán, Miguel Rellán, Enrique Cerezo o Antonio Resines…, también de directores, críticos y periodistas que lo conocieron y otros de generaciones más vecinas a la actualidad, como Víctor García León, Marta Medina, Luis Alegre, José L. Ordóñez o Rosa Belmonte, que apuntan una mirada que tamiza desde otros ángulos no solo la figura incuestionable de Alfredo Landa, sino también la importancia de su legado como actor tanto en sus épocas menos valoradas, como 'el landismo', a las más reconocidas junto a José Luis Garci , Juan Antonio Bardem, José Luis Cuerda o Mario Camus. En cualquier caso, el enfoque de Gracia Querejeta y Miguel Olid no tiene, de salida, el aroma de la hagiografía ni busca el halago, pues rastrea por algunos 'temas' supuestamente espinosos de la vida y la obra de Alfredo Landa, como es su periodo de comedias agrupadas con el nombre de 'landismo' y su colocación o no en un lugar digno de nuestra historia cinematográfica; y aborda su polémico y sincero libro de memorias escrito por Marcos Ordóñez, 'Alfredo el Grande'; su enorme simpatía aliñada con su fama de gran discutidor, o esa seriedad profesional que le obligaba a dar su cien por cien a cualquier personaje, por menor o truculento que pareciera. No es una hagiografía, pues busca alguna sombra entre la luminosidad de su figura, pero al escuchar a José Sacristán y a Miguel Rellán (alias 'El moro') , también doctores como él, se siente que uno pisa terreno sagrado.