Me dispuse a ver la docuserie sobre la transición del Maestro Joao (hoy ya Benita ) sin demasiadas ganas, con poca curiosidad y pensando que, alguien en la redacción, me tiene manía. Estaba convencida de que sería o bien un soporífero ejercicio de evangelización ideológica o bien un oportunista freak show superficial e histriónico. Pero debo reconocer que me sorprendió para bien. Se me hizo excesivamente largo ver los dos capítulos seguidos, eso sí, pero supongo que tenía sentido emitir ambos, uno detrás de otro (ciento cuarenta interminables minutazos) seguidos de la película Norberta (que no vi), puesto que era el Día Internacional de la Visibilidad Trans. Y así el prime time de la tele pública decidía apostar fuerte e ir con todo. El documental se encuentra articulado a través de los propósitos por cumplir de su protagonista, diez en total, pero para mí lo que hay son, más bien, dos partes muy diferenciadas (ojalá dispuestas por separado en los dos capítulos y así me habría podido ahorrar uno entero): la historia personal y el maniqueo activismo hiperideologizado. La primera parte me interesó mucho, la segunda me aburrió bastante. Pero, imagino, era el peaje a pagar. Como no tengo ningún motivo para pensar que el Maestro Joao no haya sentido durante toda su vida que sufría una disforia de género, así es como he visto el programa, convencida de que por fin y tras muchos obstáculos iba a cumplir su sueño. Y así, como historia, es muy interesante. He echado de menos, eso sí, alguna referencia a su carrera como vidente. Desconozco si es que no les ha parecido relevante a los guionistas que desde finales de los noventa se dedicara más al mundo de la adivinación que al transformismo o si es que la propia Benita ha preferido editar su pasado. O si quizá alguien ha pensado que podría restar credibilidad a esta nueva vida que, en algún momento de su carrera, destacara el Maestro Joao por leer el futuro en el trasero de la gente y se le pueda, por esa y otras excentricidades, identificar con una serie de personajes, llamémosles esperpénticos, como fueron Paco Porras, Leonardo Dantés, Aramís Fuster o Tamara (la mala, luego Yurena). El caso es que, si atendemos al documental y no a la hemeroteca, el niño Joaquín pasó de la chabola al transformismo, del transformismo a Supervivientes y, de ahí, a la vaginoplastia y el bautizo en Chipiona. Pero quitando ese pequeño olvido biográfico, y la parte de la evangelización queer, el documental nos muestra una realidad llamativa, la de alguien que a sus más de sesenta años, y tras toda una vida de esfuerzo y padecimiento, decide afrontar un cambio de sexo total. Y nos lo muestran de una manera muy emotiva, bastante alejado de la frivolidad y la banalidad que yo le presuponía (esos prejuicios, ay). Ese retrato, cercano y honesto, de un personaje que nunca habría llamado mi atención de no ser por imperativo laboral, me ha gustado mucho. Ha sido interesante ver su vulnerabilidad, su determinación, su nostalgia. Y verlo a través de sus relaciones personales y familiares, sus recuerdos y sus anhelos. Por eso el contraste con otros momentos del mismo documental (prescindibles unos, superficiales otros, oportunistas algunos) resulta desconcertante. ¿Era necesaria la retahila de mensajes motivacionales y frases de autoayuda a cámara de famosos y famosillos? ¿El teatral y sobreactuado paseo/desfile por la ciudad? Aun así, me ha parecido un buen producto audiovisual. Una apuesta arriesgada pero que ha valido la pena. Contra todo pronóstico.