Hay vidas memorables porque atraviesan acontecimientos que las hacen perdurar en la memoria colectiva y otras más anónimas pero igualmente dignas de ser tenidas en cuenta, aunque sea a título póstumo. Vidas de las gentes del común, con una hoja de servicios intachable, cuya ausencia genera esa clase de vacío que distingue a los mejores de nosotros. Vidas cotidianas, engrandecidas por la admirable personalidad de quienes pasan a la historia por hacer eso tan sencillo: cumplir con su deber . Incluso ir más allá de cuanto estuviera firmado en el contrato con la empresa donde durante décadas se desempeñó con honores: el caso reciente de Paula Casas Bermejo, recién fallecida a los 97 años. Una vida en efecto memorable: hasta muy avanzada edad siguió trabajando a las órdenes del Banco Santander, que le despidió con una sentida esquela publicada el martes en el diario ABC y con el emocionante testimonio que compartió en sus redes sociales Ana Patricia Botín, presidenta de la entidad. Casas falleció en el monasterio turolense de Santa María del Olivar, donde residía en los últimos años: desde que dejó su trabajo como telefonista del banco, se trasladó hasta ese rincón de la aragonesa sierra de Arcos, consagrado a la orden de los mercedarios donde vive uno de sus hermanos David. Todavía conmovido por la reciente muerte de Paula, ayer explicaba a Las Provincias de una manera muy gráfica el atributo principal que le distinguió en vida: «Era muy comprometida». Seguramente será el rasgo que también destaca entre los que citan quienes le trataron durante sus seis décadas en la entidad bancaria, empezando por la propia Botín. «Se jubiló después de trabajar 60 años en el banco, en época de mi abuelo, de mi padre y también conmigo. Cuando se fue, le pedí que me escribiese las historias que recordaba sobre ellos», escribió. Sus palabras apuntaban a esa condición de memoria viva de la entidad que se marcha con Paula, Paulita para sus íntimos. «La recuerdo siempre al pie del cañón y localizándonos a horas a veces inusuales y aunque estuvieras en casa de un amigo o andando por la montaña», subrayaba otro alto directivo del Santander, quien añadía admirado, entre exclamaciones: «!Y le daba tiempo para interesarse por cada uno de nosotros y por nuestras familias!». «Su compromiso con el banco era inigualable», confesaba, según un relato compartido por otros compañeros de la entidad. «Tengo un recuerdo entrañable de Paulita», anota otro de ellos. «Tuve la suerte de trabajar durante casi dos años muy cerca de su querida centralita de clavijas en el edificio del paseo de la Castellana». Y un tercero aportaba su propia observación: «Me regaló una pieza de recambio estropeada de su centralita que guardo con gran cariño. Su café con miel era el mejor del mundo». Esa generosidad que caracterizó a Paula durante su larguísima estancia entre las gentes del Santander cristalizaba, como recordaba este último compañero, en su tendencia a obsequiar con su legendario café con miel («Buenísimo», recalca Botín) y otras golosinas: un trato personal que se agradece especialmente en este tiempo deshumanizado, también en el ámbito laboral. Y mientras la presidenta del banco apuntaba hacia otros tesoros que Paulita compartía (magdalenas, almendras y también chorizo), se sumaba además al sentimiento común de pesar que deja en la familia del banco el fallecimiento de quien fue algo más que una simple trabajadora. De acuerdo con el testimonio unánime, Paula Casas, zamorana trasplantada a Madrid, era una auténtica institución. Botín añade un detalle significativo en su adiós: «Se resistió hasta el final a cambiar su centralita con clavijas por una más moderna». Y otro ejecutivo del banco pone el punto final, también muy emotivo: «La expresión 'Eres más del Santander que Paulita' era un motivo de orgullo para quienes trabajábamos en el banco. La echaremos de menos».