Las lasañas que se venden en Mercadona, listas para comer después de calentarlas tres minutos en el microondas, se preparan en una cinta de producción que tiene 168 metros de largo. «Hacemos cerca de 800.000 gratinados por semana. Son más de 3.000 por hora y todas son iguales», asegura Raúl Martín, director ejecutivo de Familia Martínez, los proveedores de esta «lasaña fresca», junto a otros productos como el «arroz en bandeja metálica» o los pollos asados. «Son soluciones sabrosas y sencillas. Si no está bueno, no lo compra nadie. La calidad no está reñida con la buena apariencia y la calidez», asegura en Dreams Madrid Fusión, durante el foro 'Comer sin cocinar. ¿Van a desaparecer nuestras cocinas?', con los platos preparados en el centro del debate. «Es una tendencia supercotidiana dentro del entorno español», mantiene Laura Gil, responsable del área de Clientes de Wordpanel Dominator. Según sus datos, los preparados se consumen con una frecuencia media de 49 al año por persona, con un 11% de «aceptación en penetración de mercado», sobre todo los refrigerados (28%), seguido del «listo para comer» (13%) y los congelados (12%). «Queremos la receta de la yaya, pero lo que se demanda en realidad es ahorro de tiempo y eso hace que haya más oferta cada vez». Existe, sin embargo, un «escollo fundamental»: la falta de confianza en las familias. «Las puntuaciones son muy bajas», revela Gil, que muestra que en sus encuestas sólo el 8% piensa que un plato preparado es «tan bueno» como el casero y un 18% confía en los precocinados. «El sector tiene que aportar esa confianza, pero estamos al inicio y seguirá creciendo en los próximos años». El ingrediente que se debe trabajar más es el «alma», según Juanlu Fernández, chef de Lú Cocina y Alma, en Jerez de la Frontera, que se define a sí mismo como la antítesis de los demás ponentes de la mesa. «La industria tiene que conseguir que el alma no se pierda. Es lo que tiene la cocina en sus casas. Alma, amor. Alguien que ha dedicado una mañana en cocinarte, desde que va al mercado». Reconoce que «debemos saber evolucionar y gestionar», porque «el sonido de la olla exprés se acabó. Ahora lo que se escucha son los paquetes de comida al abrirse». Ahora bien, cuántas personas tienen tiempo para pasar toda la mañana dado amor al almuerzo. Aún más, ¿algien sabe lo suficiente para que, aparte de la buena intención, un plato quede suculento? «¿Quién hace una tortilla de patata mejor que un lineal?», pregunta Martín, cuya empresa hace también platos tradicionales como el codillo o la berenjena rellena. Y responde: «Yo no. Sin enfrentamientos, hay campo para la gastronomía y para hacer mejor el día a día de una persona como mi padre, que tiene más de ochenta años y es viudo. Ahora tiene la opción de comer saludable en casa». Mientras la tendencia dentro de los hogares varía y las reformas empiezan a integrar las cocinas al salón, para hacerlas un lugar «multifuncional» en el centro de la casa, según Manuel Delgado, responsable de Interiorismo de Ikea en España, la evolución en la forma de comer parece darle, al menos poco a poco, la razón a Martín. «El mercado se mueve hacia ofertas diferenciadas que viajan en paralelo. Ambas (la culinaria que garantiza una «experiencia» y la fácil para la gente «práctica») son satisfechas y no se tocan». Mientras tanto, en las cocinas reformadas también se trabaja, en esta época de teletrabajo, y se hacen los deberes con los niños, según el estudio más reciente de Ikea.