Los movimientos del kárate contra enemigos imaginarios se llaman katas y se realizan (o se aprecian) como estallidos de potencia, equilibrio, respiración, armonía y precisión en una especie de danza y geometría, de tensión y elasticidad, de silencio y explosión. No debe de ser nada fácil hacer uno de esos complicados katas sin romperse algo y sin haberlo escrito en el aire miles de veces, y por eso, el trabajo que hace Andrea Ros, que es actriz y no karateka, hay que calificarlo como excelente y milagroso. Se mete en la piel de Sandra Sánchez, karateka que ganó el oro olímpico a los 39 años y que, para ello, tuvo que hacer una vida de dedicación, esfuerzos y privaciones que es la que se cuenta en esta película biográfica que ha dirigido Aritz Moreno con gran corrección, vista y montaje para trasladarla con mucha dignidad a la pantalla. Es lo que se llama un 'biopic' al uso, es decir, a favor de obra y de personaje, que sale de la película muy reconocido y admirado, y tiene mucha facilidad de conexión con el espectador por la naturalidad y simpatía con la que está concebido e interpretado por Andrea Ros. Al margen de la historia de generosidad familiar, renuncia vital y superación deportiva que se cuenta, hay también un elogio a la integridad de este deporte (aunque haya un par de personajes indecentes, como en cualquier otro sitio) y a la concordia entre rivales o la relación muy 'karate kid' entre alumno y maestro; especial gracia tiene el tramo con el alegre maestro japonés (el veterano actor Denden), o la aparición muy sorprendente de Ernesto Alterio con kimono y calvorota, aunque su exigente y entrenador 'friki' que la acompañó en su carrera y en su vida lo interpreta muy metido en harina Patrick Criado, quien también habrá tenido que echar horas extras en el tatami.