Cuando uno piensa en la campiña sevillana, normalmente se le viene a la cabeza la imagen de grandes llanuras, tierras de cultivo, aire seco e hileras kilométricas de olivares bajo el sol. Es lo normal, porque así es la mayor parte del paisaje de la provincia. Por eso mismo, si vas conduciendo por la zona de Montellano y te cruzas de repente, casi sin avisar, con un tajo de piedra de más de 30 metros de altura, lo normal es que te quedes sorprendido por el contraste de este paisaje. Hablamos de los Tajos de Mogarejo , un rincón pequeño pero impresionante que está protegido por la Junta de Andalucía bajo la figura de Monumento Natural. En apenas 13 hectáreas de terreno, la naturaleza se las ha apañado para abrir una enorme grieta en mitad de la tierra que crea un microclima único. Abajo se respira un ambiente mucho más fresco, hay un tipo de vegetación que no se ve por los alrededores y se esconden historias de lo más curiosas: desde bloques de piedra que terminaron puestos en la mismísima Catedral de Sevilla hasta puentes centenarios semidesconocidos y tapados por la maleza. El gran responsable de que hoy podamos ver este paisaje es el arroyo Salado de Morón . Este cauce nace no muy lejos de allí, por la zona de Coripe, y va buscando su camino hacia el río Guadaíra y el Guadalquivir recortando el terreno con fuerza a su paso. Pero tiene una particularidad, ya que el agua pasa cerca de unos antiguos yacimientos de sal cerca de su nacimiento, por lo que lleva una ligera concentración salina. De ahí le viene el nombre de «Salado». Esa agua con sal, combinada con el paso de los siglos, el empuje del viento y los cambios de temperatura entre el día y la noche, ha ido desgastando las rocas del desfiladero. Es por eso que si te fijas bien en las paredes de piedra al ir caminando por el sendero, verás un montón de agujeros, oquedades y cavas redondeadas en la superficie. Los geólogos llaman a estas formas taffonis o alveolos , pero a la vista de cualquiera parece sencillamente una enorme pared de piedra con aspecto de queso suizo lleno de agujeros. Hoy en día, todas esas concavidades le vienen de maravilla a las aves de la comarca, que las usan para anidar y refugiarse. Lo que más llama la atención cuando bajas al fondo del desfiladero es el cambio tan radical de paisaje en cuestión de un par de minutos. Arriba en la superficie estás rodeado de tierra, olivares y campos abiertos expuestos al sol. Sin embargo, en cuanto desciendes hacia el cauce del arroyo, la cosa cambia por completo y entras en lo que los expertos llaman un «bosque isla» . Al quedar resguardado del viento y del calor del verano sevillano en el fondo de la grieta, el agua permite que crezca una vegetación espesísima. Junto a la orilla se forma un bosque de ribera con álamos blancos, fresnos y abundantes tarajes . Mientras tanto, en las laderas y paredes de piedra crecen especies típicas del monte mediterráneo como acebuches de gran tamaño, algarrobos, matas de romero, jaras, lentiscos y palmitos. Es un contraste brutal, ya que en solo un par de pasos pasas del calor del campo a una sombra fresca donde da gusto parar a descansar. Además del valor que tiene como espacio natural, estos tajos esconden un patrimonio histórico que merece la pena conocer. Y es que estas paredes de roca no solo han servido para que se escondan los animales del campo, sino que durante mucho tiempo se utilizaron también como una activa cantera de extracción de piedra para la construcción. Hasta bien entrado el siglo XIX, de estos escarpes se sacaban grandes bloques de piedra arenisca y caliza para llevarlos a distintos puntos de la provincia. De hecho, buena parte de las piedras con las que se levantó la emblemática Catedral de Sevilla salieron directamente de las entrañas de este barranco de Montellano. Al caminar por la zona todavía se intuyen en la roca los cortes y marcas de aquella época. Si sigues el cauce del arroyo hacia adelante, te vas encontrando con más rincones del pasado. Una de los más destacados es el Molino Pintado , un antiguo molino harinero hidráulico que estuvo abandonado durante muchísimos años y que fue restaurado no hace tanto. Allí todavía se pueden ver los restos de la sala donde se molía el grano con su piedra mollar, la casa del molinero, el palomar y todo el entramado de canales que servían para dirigir el agua e impulsar la maquinaria. Muy cerca del molino aparece otra rincón que llama mucho la atención: el puente de la Vera Cruz . Choca bastante encontrarse un puente de piedra tan bien construido, levantado en el siglo XVII sobre cimientos de origen romano, en un sitio apartado por el que hoy apenas pasa nadie. Se cree que se construyó en su día para facilitar el paso del ganado y, sobre todo, para poder transportar en carretas los pesados bloques de piedra que se sacaban de las canteras cercanas. Aunque la maleza lo rodea y a veces cuesta verlo completo, te recomendamos ir si tienes la oportunidad de visitarlo. Visitar este rincón de la Sierra Sur de Sevilla es un opción estupenda para aquellos que busquen hacer una excursión corta y fácil . Es un plan perfecto para hacer con niños, especialmente durante los meses de otoño y primavera, que es cuando el arroyo suele llevar agua y el campo está en su mejor momento. Para organizarlo bien, desde ABC te damos algunas indicaciones: