Con el final del curso escolar, miles de familias con custodia compartida deben replantear horarios, vacaciones y periodos de convivencia. Un proceso que, aunque forma parte de la normalidad tras una separación, puede convertirse en una fuente de estrés para los menores. Según Carmen Muñoz, psicóloga clínica experta en trauma y apego, las vacaciones representan una etapa especialmente sensible porque alteran las rutinas que proporcionan estabilidad emocional. «El establecimiento de rutinas y su impacto en el desarrollo emocional es un tema complejo y ampliamente estudiado, sobre todo cuando nos encontramos ante un divorcio», explica. Aunque la custodia compartida suele velar por el bienestar integral del menor y aporta beneficios frente a otros modelos de custodia, determinados periodos pueden aumentar la inestabilidad emocional, la ansiedad, el sentimiento de abandono o la falta de seguridad. La especialista señala que el verano no tiene por qué generar más conflictos entre los progenitores, aunque reconoce que existen circunstancias que pueden favorecerlos. «La aparición o no de conflictos dependerá del grado de acuerdo y desacuerdo en la organización de cada uno de los progenitores, de las posibilidades de adaptación de los horarios laborales a las necesidades del menor y del tipo de divorcio al que nos hemos enfrentado», apunta. Por ello, considera fundamental una comunicación abierta , planificar las vacaciones con suficiente antelación e implicar a los hijos en las decisiones siempre que sea posible. Uno de los aspectos que más preocupa a las familias es cómo viven los niños los cambios en los tiempos de convivencia durante las vacaciones. Cuando el reparto del tiempo entre ambos progenitores no es equilibrado, pueden aparecer sentimientos difíciles de gestionar. « El menor puede experimentar soledad , miedo al abandono, dificultades de adaptación a esta nueva etapa y un aumento de la sensación de pérdida», señala Muñoz. Además, advierte de que algunos niños llegan a sentir que están siendo desleales a uno de sus padres por disfrutar del tiempo con el otro. La tristeza, la ansiedad o la culpabilidad también son emociones habituales durante este periodo, especialmente cuando la separación es reciente o se ha producido de forma traumática. «La aparición de emociones desagradables es completamente normal» , afirma. En algunos casos, añade, los menores pueden asumir responsabilidades emocionales que no les corresponden, creyendo que el bienestar de uno de sus progenitores depende de su presencia. Esta situación puede derivar en una inversión de roles, donde el niño adopta una función de cuidador. Para facilitar la adaptación, la psicóloga insiste en la importancia de la cooperación entre los adultos. Mantener una relación cordial, informar a los hijos de las decisiones que les afectan y transmitirles seguridad son elementos clave para integrar las nuevas dinámicas familiares. «La comunicación y mantener al menor informado de las decisiones que se van a tomar es fundamental para que la adaptación sea lo más llevadera posible», subraya. La edad también influye en la manera en que los hijos afrontan estos cambios . Durante la infancia, los efectos suelen centrarse en el desarrollo emocional y en la sensación de seguridad dentro de los vínculos familiares. En la adolescencia, además, entran en juego otros factores relacionados con la construcción de la identidad y la necesidad de cuestionar los límites establecidos, lo que puede convertir esta etapa en un periodo especialmente complejo. Respecto a los calendarios de custodia, Muñoz defiende la necesidad de combinar estructura y flexibilidad. «En todo vínculo donde queremos sentir seguridad es necesario tener una estructura», afirma. Por ello, considera importante establecer un calendario claro que tenga en cuenta las necesidades y opiniones de los menores, pero que también contemple situaciones excepcionales en las que los acuerdos puedan modificarse. Cuando surgen desacuerdos sobre viajes, campamentos o actividades de verano, la especialista recomienda centrar el diálogo en el interés del menor. «Es importante mantener una comunicación abierta y enfocada a llegar a acuerdos, planificando las vacaciones con antelación y velando siempre por el bienestar del niño , que es lo realmente importante», sostiene. Asimismo, considera aconsejable facilitar el contacto con el progenitor que no está presente durante los periodos vacacionales. Mantener llamadas, mensajes o videoconferencias ayuda a reforzar el vínculo y a que el niño perciba que ambos padres siguen formando parte de su vida cotidiana. «Favorece la sensación de presencia del padre o la madre en cualquier aspecto y evita que esa relación quede limitada únicamente a los periodos de convivencia», concluye.