Apenas sesenta y cinco segundos bastaron para que la lona del Levi's Stadium se tragara de golpe todas las ilusiones de un país que llevaba veinticuatro años esperando este regreso.Casi no había dado tiempo a que los aficionados se acomodaran en sus asientos cuando Matías Galarza recogió una pérdida otomana en tres cuartos de campo, levantó la mirada y, justo cuando el marcador reflejaba los dos minutos transcurridos de juego, soltó un latigazo seco y exquisito desde fuera del área que batió a Cakir por el lateral de la red. El gol más rápido en lo que va de Copa del Mundo dinamitó por completo la pizarra de Vincenzo Montella y dibujó el escenario perfecto para el manual de resistencia de Gustavo Alfaro. Turquía, que ya arrastraba las urgencias del tropiezo ante Australia, reaccionó adueñándose de la pelota. De la mano de un Arda Güler intermitente y los desbordes del juventino Kenan Yildiz, el combinado europeo monopolizó la posesión ante una Paraguay que se siente cómoda sin el balón. El monólogo turco, sin embargo, careció de la lucidez necesaria para romper las dos líneas de cuatro tejidas por el estratega argentino. Solo a balón parado, con un centro envenenado de Calhanoglu en el minuto 34 que Muldur y Alonso remataron a la vez, la madera evitó el empate al escupir el esférico primero contra el larguero y luego contra el poste derecho. Cuando la primera parte agonizaba, el guion ofreció un giro dramático. Miguel Almirón fue expulsado por el colegiado francés Clément Turpin tras cubrirse la boca para increpar a Muldur, activando de inmediato el estricto protocolo de la FIFA (vigente tras el incidente ocasionado entre Prestrianni y Vinicius en el Benfica-Real Madrid de Champions). El partido se marchó al descanso envuelto en una tremenda tensión, con amagos de tángana en el cesped antes de poner rumbo a vestuarios y la sensación de que a Paraguay le esperaba un calvario impracticable en la reanudación. Alfaro movió ficha rápido, sacrificó al delantero Pitta para introducir la roca de Bobadilla y plantó un muro de hormigón en la Bahía. La segunda mitad fue un vasallaje absoluto. Turquía se volcó con todo, pisando el acelerador con más ansiedad que fútbol, lo que multiplicó las precipitaciones en el último pase. En ese ecosistema de centros laterales y balones colgados emergió la figura imperial de Gustavo Gómez. El capitán paraguayo, escoltado por un magnífico Alderete, completó una exhibición defensiva legendaria, despejando más de una decena de balones (la gran mayoría de cabeza) y desquiciando a los atacantes rivales. Incluso con diez, la Albirroja pudo llegar a sentenciar a la contra en una cabalgada en solitario de Julio Enciso que se marchó desviada. La estadística final reflejó un abismo indescifrable: Turquía llegó a rematar hasta veinticinco veces más que su oponente, pero apenas tres de esos intentos encontraron portería. La desesperación nubló a los otomanos. En el minuto 82, Uzun cruzó un disparo que rozó la cepa del poste; poco después, Yilmaz no logró conectar un balón franco en el área pequeña que le pasó entre las piernas. Ya en el noventa, Orlando Gil se vistió de héroe nacional con una gran intervención a remate de Uzun, cuyo rechace envió Gul, incomprensiblemente, fuera. La última bocanada de aire la tuvo Demiral en el 96, conectando un testarazo a centro de Güler que se marchó rozando la escuadra. Así se consumó la tragedia turca. Una generación dorada que despertaba el entusiasmo de su país queda matemáticamente eliminada del Mundial tras encadenar 62 disparos sin un solo gol en dos jornadas. Paraguay, fiel a la mística de su garra histórica, se recuperó de la goleada recibida ante Estados Unidos, sobrevivió al asedio de San Francisco y recupera el derecho a soñar con los dieciseisavos de final.