Ángel Marcos (Medina del Campo, Valladolid, 1955) ha recorrido un sólido trayecto dentro de la esfera de la fotografía en nuestro país. Sus intereses se centran en la investigación sobre las diversas estructuras que conforman el poder, la fragilidad de la presencia y la huella humanas, las tensiones sociales y económicas que esto provoca, y también sobre la impronta, a menudo sutil y borrosa, que la memoria deja en nuestras vidas, en nuestros paisajes, en nuestros actos, como una nueva concepción de habitar el mundo. Todos estos factores confluyen en una mirada cercana a una arqueología del paisaje, y a una postura de reflexión estético-antropológica sobre nuestra vida contemporánea. Aunque la fotografía es su principal lenguaje, se vale asimismo de otros recursos como las instalaciones, el vídeo, los objetos y la arquitectura. 'La casa del agua' es su nuevo proyecto expositivo en el madrileño Museo Lázaro Galdiano, que a su vez continúa desarrollando una voluntad, necesaria e inspiradora, de abrirse a nuevos lenguajes y formatos, dando voz a distintos creadores actuales. La muestra gira alrededor de tres conceptos fundamentales, como son el agua, la casa y el viaje, planteando el hecho de que, al fin, habitar no es solo vivir en un lugar, sino más bien crear memoria, identidad y amparo emocional. De esta manera incorpora asimismo una dimensión ideológica en relación al ser humano y el territorio, la inestabilidad de los ecosistemas y la experiencia del desplazamiento. Cada uno de estos tres ejes da lugar a una instalación, independiente, y al mismo tiempo conectada con las demás a través de un recorrido narrativo. La primera, 'Casas de bombas, casas de riego', nos habla a través de una serie de fotografías y un vídeo del diálogo entre lo rural y lo cotidiano, de las estructuras habitables anónimas pero llenas de memoria desconocida, y de su vinculación al agua, a la tierra y a la supervivencia, retratando la humilde dignidad de lo que pueda parecer insignificante. 'Partir' ocupa un lugar destacado dentro de la galería central del museo, y nos remite, por medio de una serie de fotografías dotadas de gran carga plástica, a la idea del viaje, no como placer turístico sino como un desplazamiento vital y necesario, que enlaza de una forma sutil e indirecta con el terrible problema de las migraciones contemporáneas, aportando una nota ética y al mismo tiempo estética. Por su parte, 'La casa del agua' es la instalación final y más sugerente, aportando un sesgo simbólico y una dialéctica de reflexión entre los límites de lo íntimo y lo público, lo habitable y lo inalcanzable. Consiste en un auténtica y centenaria caseta guardabarreras que ha sido trasladada desde la localidad vallisoletana de Olmedo, habitada por distintos registros iconográficos, y que refuerza esa dimensión material de la memoria, como si el pasado, por arte de magia del arte, se hiciera presente en el espacio expositivo. Se trata, en suma, de un buen proyecto que propone una personal reflexión, a medio camino entre lo documental y lo conceptual, sobre el hecho de habitar, no como una simple ocupación física del espacio, sino como experiencia emocional, simbólica y política.