Intervenir un espacio tan singular como la Nave 0 de Matadero Madrid supone una prueba exigente, capaz de poner en aprietos incluso a creadores con trayectorias consolidadas y curtidas en el ámbito de la instalación. Mónica Mays (Madrid, 1990), la más joven entre quienes han pasado por el programa 'Abierto por Obras', afronta el desafío en un momento ascendente de su carrera y lo resuelve con una solvencia que conviene subrayar desde el inicio. La artista evita una de las soluciones más habituales en este tipo de intervenciones: la homogeneización de la nave mediante una gran escenografía. En su lugar, distribuye una serie de ensamblajes escultóricos a lo largo del espacio, aunque articulados por una atmósfera común generada por la iluminación anaranjada de antiguas farolas de sodio. La práctica de Mays parte de la búsqueda y rescate de materiales expulsados al vertedero, que desvía de su función original para explorar nuevas posibilidades semánticas, simbólicas y formales. Abundan los bancos y reclinatorios eclesiásticos, los elementos mecánicos, las pieles y resinas, así como los palés y tableros; junto a ellos, aparecen las morfologías corporales, el uso de registros olfativos, la exhibición del interior o del reverso de algunos objetos y el contraste entre superficies y texturas. En el centro de la nave, los ensamblajes se disponen sobre pedestales cuya función legitimadora queda en entredicho por su propia precariedad, pues también ellos están hechos de despojos. Al fondo, tres estructuras que evocan capillas o relicarios, tal vez vitrinas monumentales, concentran lo mejor de una poética que, desde una audaz revisión de la tradición escultórica –del Barroco al posminimalismo–, construye un lenguaje propio en el que lo desechado adquiere una extraña dignidad ceremonial. Mays relaciona esa elevación de lo residual con la memoria de Matadero como espacio de procesamiento y control de cuerpos: no solo ámbito de sacrificio animal, sino también, durante el franquismo, recinto de internamiento y vigilancia de personas sin hogar bajo la Ley de Vagos y Maleantes. La artista se aproxima a ese pasado no para reconstruirlo documentalmente ni para ilustrarlo. No propone una trama que resolver, sino una vivencia evocadora y envolvente. Esa apuesta por lo fenomenológico desplaza la atención desde el acontecimiento concreto hacia una dimensión más ambigua y atmosférica, y abre un interrogante: si la exposición llega a confrontar críticamente la violencia que convoca o si, por el contrario, simplemente la estetiza hasta convertirla en una experiencia sensorial de alta sofisticación. A esclarecer esta cuestión no contribuye el texto de sala, entre los más abstrusos que hemos leído en mucho tiempo. Lejos de actuar como herramienta de mediación, recubre la muestra con una retórica opaca y, por momentos, involuntariamente paródica. Así, la Nave 0 es descrita como un «dispositivo escenográfico que propone una forma de interacción sin fusión»; el «catolicismo material» pasa a formularse como «tecnología del cuerpo», y las superficies erosionadas llegan a registrar «fricción devocional» . Más que acompañar la experiencia y aportar claves de sentido, el texto parece empeñado en envolverla en una niebla conceptual de la que ni las jaulas de Faraday –también reutilizadas por la artista– podrían protegernos.