Tener una vivienda en propiedad, símbolo clásico de estabilidad y ascenso social, es una meta cada vez más lejana para buena parte de la sociedad. De hecho, empieza a percibirse como un privilegio al alcance de muy pocos. El camino hacia la compra está lleno de obstáculos. Primero, hay que reunir el dinero necesario para la entrada. Después, ser capaz de afrontar el pago de impuestos y comprometerse con una hipoteca durante décadas. Estas barreras, que muchos ciudadanos no logran superar, se han endurecido con el paso de los años. Una gráfica publicada recientemente por El Debate ha reflejado que, en 1987, una persona necesitaba tres años de salaria, mientras que en la actualidad hacen falta siete años y medio, un 150% más. Ante estos datos, gana fuerza el debate sobre si quienes hoy tienen entre 20 y 40 años viven o vivirán mejor que sus padres. El experto inmobiliario Fernando Gonzalo recuerda que estos últimos tenían un itinerario vital muy consolidado. «La fórmula funcionaba, tenían un camino marcado que es 'si estudias y acabas el colegio y puedes estudiar la carrera, podrás acceder a un trabajo, y con un trabajo conseguirás una vivienda y formar una familia'. La gente seguía los pasos y los cumplía», explica en el podcast 'La Fórmula Del Éxito'. Ese modelo, añade Gonzalo, se sostenía en un equilibrio que hoy parece obsoleto: «Más allá de temas macroeconómicos y demás, había una relación mucho más equilibrada entre la oferta y la demanda. Había menos menos hogares de los que hay ahora». La construcción acompañaba el crecimiento demográfico y permitía que los precios se mantuvieran dentro de un rango asumible para un salario medio. En la actualidad, en cambio, ese equilibrio se ha roto, señala el experto. La demanda de hogares crece, pero la oferta no lo hace al mismo ritmo. «Si no se está equilibrando esa demanda de hogares que hay con la construcción, con la vivienda y con la oferta que hay, pues es lo que ocurre, suben los precios y por tanto ya no se cumple esa lógica», desarrolla. El problema actual radica entonces, según él, en que el acceso a la vivienda ya no depende de estudiar una carrera y lograr un buen empleo: «El problema ya no es si consigo un trabajo, es si ese trabajo que me va a permitir acceder a una vivienda. Y ahí está el problema, que la gente joven ahora lo que está viendo es que 'oye, esa fórmula que me habéis contado no funciona'».