Concebida para la televisión y estrenada en 1984, esta pieza de cámara de Ingmar Bergman es un verdadero desafío para el espectador. En esta nueva versión teatral (recordemos la de Juan José Afonso en 2017 en el Teatro Infanta Isabel) Ernesto Caballero no solo lleva a cabo con acierto una adaptación dramática en la que el público está ahí y tiene su papel de testigo o incluso de confidente, sino que logra que toda esta confesión fluya muy intensamente y se mantenga tan repleta de enigmas como el director sueco la concibió. 'Tras el ensayo' es una obra llena de espejos: el teatro se mira en el espejo de las biografías de los distintos personajes, y las biografías son en sí algo que poseen una dimensión teatral. Tanto es así que el 'ensayo' que aparece en el título, «ese caos en el que se revela un momento de verdad», como se dice en la obra, se convierte en la mejor definición de lo que es la vida , de lo que son estas vidas perdidas en amores, recuerdos, esplendores pasados, repulsiones o atracciones presentes, vejez, culpas, sueños y juventud. Este juego de espejos, este ensayo de espejos afecta también a la propia vida de los personajes: ¿Hasta que punto la vida de Anna Egerman, la joven que va a protagonizar 'El sueño' de Strindberg, no empieza a ser un reflejo de la vida de Rachel, su madre? ¿Hasta qué punto el espacio escénico en el que está Henrik Vogler, con las mesas y el sofá que formaron parte de antiguas representaciones, no son también elementos de la memoria? Memoria y presente, fragilidad y deseo, combaten con fuerza aquí, en esta obra con un argumento engañosamente simple, en el que Henrik Vogler, después del ensayo, busca ese momento donde el escenario en el que se ensaya la obra de Strindberg es visitado por vivos y por muertos, por Anna que busca una pulsera y que declarará su amor al viejo Vogler, y por Rachel, la madre de Anna, que viene desde la muerte o desde el sueño para reivindicar lo que fue su atormentada vida. 'Tras el ensayo' es una gran propuesta, una obra emocionante, intensa, profunda y que mantiene al público con el corazón en un puño. Interpretaciones muy eficaces y muy sólidas que saben hacer explotar una dimensión sentimental y trágica, existencialista y de búsqueda constante. Una escenografía escueta y profundamente simbólica y una iluminación y un espacio sonoro que subrayan las tensiones. Ernesto Caballero hace de esta obra un gran homenaje a lo que es el teatro con mayúsculas.