La vulgaridad que aflora en la Sala Segunda del Tribunal Supremo, donde desde el pasado martes se escucha el testimonio de las jóvenes con las que se relacionó José Luis Ábalos , no puede ni debe ser interpretada como el aliño de un vodevil que, para solaz del público, airea secretos de alcoba y favores ya confesos. Entre otras actividades delictivas, lo que juzga el Supremo es la mecánica de una trama que operaba desde el mismo núcleo del Gobierno y que repartía sueldos en las empresas públicas. La Sala Segunda no va a pronunciarse sobre la moral de un sainete cuyos detalles parecen sacados de la cinematografía de la era del destape o la saga de 'Torrente ', sino sobre una organización, bien estructurada y engrasada, que según la instrucción del caso traficaba con los mismos fondos públicos que tenía la obligación administrar en beneficio del conjunto de los españoles. Se llama corrupción. Bajo la superficie de la comedieta erótica que estos días distrae a la opinión pública subyace una organización delictiva cuyas víctimas fueron precisamente aquellos que hoy se divierten con sus anécdotas.