En un plazo de tiempo inquietantemente corto, me veo hablando de nuevo sobre una exposición que tiene a la guerra, una de las más viejas y repetidas (pre)ocupaciones de la humanidad, como principal protagonista. ¿Casualidad? No me creo tan ingenuo... Organizada por el Museo Thyssen y la Fundación TBA21 , se presenta 'Pedagogías de guerra', un proyecto expositivo de Roman Khimei (Ucrania, 1992) y Yarema Malashchuck (Ucrania, 1993) que reúne obras recientes sobre el impacto causado por la contienda contra Rusia en la sociedad ucraniana. Ambos, que forman tándem creativo desde 2016, están considerados figuras referenciales en el arte contemporáneo de su país, y trabajan dentro de una plural esfera expresiva en la que confluyen el cine, la videocreación, la 'performance' y las instalaciones, con una especial capacidad de combinar la documentación con la expresión artística, dando lugar a relatos visuales que invitan a reflexionar sobre temas muy actuales y controvertidos. Su propuesta se fundamenta en una idea que no por simple deja de ser menos perturbadora: la guerra no se enseña, se aprende. Se filtra por los cuerpos y los gestos, se insinúa en la percepción cotidiana. Antes de comprenderla, ya la hemos absorbido; ya vive en nosotros. De ahí el título. Su mirada no busca reflejar unas narrativas épicas; no hay explosiones resonantes, situaciones heroicas o épicas, ni tampoco una explícita violencia. Y, sin embargo, todo está impregnado por la guerra; no como suceso, sino como estado, una atmósfera que lo envuelve todo. Quizás precisamente uno de los gestos más radicales de la muestra sea el de rechazar el espectáculo. En un mundo saturado de imágenes de conflicto, Khimei y Malashchuk eligen trabajar con materiales fríos, distantes, casi burocráticos: grabaciones de videovigilancia, planos neutros, fragmentos sin clímax. No muestran la guerra; muestran su huella, el eco que deja en lo cotidiano. Y pese a esa pretendida falta de espectáculo, hay algo en estas obras que inquieta y perturba, y es la presencia de una suerte de belleza accidental, inesperada, no ornamental, una estética que nace del desarreglo y de la supervivencia. La primera videoinstalación, 'The Wanderer' (2022) recoge una desasosegante coreografía escenificada de supuestos cadáveres de soldados rusos interpretada por los artistas, cuestionando el romanticismo del paisaje de guerra. La siguiente pieza, 'Open World' (2025), explora el refugio virtual que ofrecen las redes y los videojuegos, donde jóvenes encuentran formas de pertenencia y resistencia, y la tecnología aparece no como espacio liminal, sino como cotidiana acción resiliente. 'You shouldn't Have to See This' (2024), desvela a niños ucranianos mientras duermen, con una engañosa percepción que esconde un dolor y un secreto silenciado tras las pantallas. Un trabajo que interpela y conmueve. Finalmente, 'We didn't Start This War' (2026), una frase repetida por el pueblo ucraniano tras la invasión rusa, se convierte en testigo y espacio colectivo, donde la representación no busca el dramatismo, sino la cotidiana dignidad de quienes viven, día a día, en territorio de guerra. Tal vez la verdadera pregunta que plantea la cita no sea la de qué es la guerra, sino algo más incómodo: cómo hemos aprendido a vivir con ella.