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Pérez-Reverte y Muñoz Machado, cara a cara: la gran disputa de la RAE

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Abc.es 
Ha habido una enorme polémica en la RAE, casi un terremoto. Habrá que consultar a los sismólogos del idioma, porque últimamente han abundado los enjambres sísmicos subterráneos, como los que anuncian una erupción volcánica, en torno a las principales instituciones del idioma español. En mayo pasado, la votación para renovar una silla de la Real Academia Española destapó una pugna sorda entre los escritores y los filólogos en la Docta Casa. Por sorpresa, un 'partido' de votos en blanco bloqueó la elección. Y pocas semanas después, el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero , atacó al de la RAE, Santiago Muñoz Machado, en Madrid y Arequipa , de una forma tan burda y personal que sonrojó al cuerpo diplomático y provocó un cierre de filas en torno a la academia . La guerra cultural y la polarización política han alcanzado la lengua. Y estábamos así, cuando Arturo Pérez-Reverte , académico desde 2003, publicó en enero un artículo titulado 'Por qué ni limpia, ni fija ni da esplendor' en el diario 'El Mundo', que expresaba sonoras críticas por «decisiones cuestionables» de los lingüistas y fue la causa del último y mayor terremoto en la RAE. Hubo temor entre los miembros de la academia. Santiago Muñoz Machado , académico desde 2013 y director desde 2018, encajó la andanada, declaró que el escritor tenía todo el derecho a expresarse, aunque tuvo que doler. La polémica corrió como la pólvora, parecía que las posturas eran irreconciliables. Pero hablamos de una RAE que no es tan solo la sede espiritual y ensimismada del español, sino una institución moderna, dinámica, llena de proyectos. Poco antes de los casos citados hubo seísmos menos destructivos. Cuando se cerró el debate de la tilde de 'solo', todo el país estuvo pendiente del signo ortográfico, tildistas o antitildistas llenaron medios y redes. Esa tilde fue portada de ABC. Por ello y con la convicción de que la RAE es la casa de la inteligencia, hemos invitado a Pérez-Reverte y a Muñoz Machado a hablar cortésmente de sus diferencias y tratar de resolver alguno de los dilemas de la institución tricentenaria. El director de ABC Cultural, quien esto suscribe, será testigo. Los dos académicos nos reciben sonrientes, posan para las fotos de Matías Nieto en el jardín, en la escalera y la biblioteca de la sede de Felipe IV, junto al Museo del Prado. Disimulan los nervios, si los tienen. De algún modo, y pese a cierta tensión entre ambos, mantienen una cortesía y una dignidad que es un ejemplo en un país de tertulianos donde ya no sabemos entendernos hablando, ni escuchar. —¿Qué se sabe y qué no se sabe de la RAE? Si las polémicas notorias añaden curiosidad por su trabajo, ¿cómo viven tanta atención? — Pérez-Reverte (a Muñoz Machado) : Abre fuego tú, que eres la autoridad. — Muñoz Machado : En primer lugar, muchas gracias, Jesús, por haber organizado esta reunión. Quiero expresar que, para mí, Arturo es una persona muy admirada y querida. — P.R. : Sáltatelo, sáltatelo. — M.M. : No, no, quiero que conste. Es un académico muy apreciado, como es natural, por lo que él significa como escritor y como personalidad. Y con respecto a la academia ha cambiado mucho en los últimos años y su presencia pública es muy superior a la de cualquier momento anterior. — P.R. : Es una institución necesaria y respetable. Yo creo que en España no somos conscientes, en general, del enorme trabajo hecho y del prestigio de la academia, de lo que significa en América. En un mundo cada vez más fragmentado, la academia es una herramienta potentísima, hace lo que ni siquiera la diplomacia española puede por razones tácticas, de inoperancia o de incompetencia. España tendría que haber sido el gran interlocutor entre Europa y América y viceversa. La academia lo ha mantenido con un trabajo hermosísimo de diplomacia cultural. Santiago estará de acuerdo. — M.M.: La RAE es la institución cultural más importante de este país a mucha diferencia de la siguiente, porque defendemos el valor cultural más importante que tenemos, que es la lengua. Sin su lengua, España no sería lo que es como potencia cultural en el mundo, con 600 millones de hablantes, la mayor parte de ellos en América hispana. Cuando viajamos a América se nota el respeto enorme que inspira la academia. Cuando todas las instituciones políticas españolas salieron de América a partir de los primeros años del siglo XIX, la única que quedó allí fue la Real Academia Española. A veces no tenemos en cuenta lo plurales que somos y el hecho de que trabajemos junto con ellos nos impone en algunas ocasiones la necesidad de adaptarnos a las particularidades de aquellos países. —Estamos en franca minoría como hablantes. — P.R.: Pero aun siendo minoritarios, seguimos teniendo ese peso, como una familia en el que a uno de los hijos lo miran con más respeto por lo que sea, por una tradición familiar. — M.M.: El liderazgo es indiscutible y se expresa a través de la Asale, que reúne a todas las academias. Ahí por voluntad de los socios, el presidente es el director de la RAE. Somos una confederación, los reguladores de nuestro idioma, y lo regulamos en términos de igualdad con participación de todos, pero hace falta alguien que dirija la orquesta, ese director es, sin duda, la Real Academia Española. —En el mundo las reglas desaparecen. ¿En Arequipa el Cervantes ha impugnado esta posición de respeto y hegemonía de la academia? — P.R.: ¿Respondes tú? — M.M.: Lo bueno que puedo decir es que el Cervantes es una institución con la que la academia ha trabajado regularmente a lo largo de su historia y va a seguir trabajando, porque tiene una misión muy distinta de la nuestra. Nosotros somos los que establecemos la normativa de la lengua y tratamos de preservar su unidad. Y ellos son los que procuran la expansión. Pero no siempre se limitan al terreno de la expansión, algunas veces entran en el terreno de la normatividad de la academia. — P.R.: En América el español está super expansionado, no necesita ningún Cervantes que lo expansione allí. Que conste. — M.M.: Esto es independiente de la coyuntura de quién sea el director del Cervantes y su comportamiento en el cual yo no entro, porque no me parece relevante el asunto. — P.R.: En España en los últimos tiempos todo se ha convertido en arma política, todo: la memoria, la guerra… Y la ofensiva política ha terminado salpicando a la academia . Esa injerencia, ese dar codazos para protagonizar lo que no les corresponde, es este caso concreto. Una parte de la política española no respeta la academia, quiere contaminar ese limpio trabajo y perturbarla. Y la paradoja es que el Cervantes depende del Ministerio de Exteriores, que es el que ha fracasado en América desde hace ya varias legislaturas, no sólo ésta. Los fracasados están queriendo interferir en el trabajo de la academia, que hace por prestigio lo que el Ministerio no es capaz de hacer por incompetencia, o por dejadez. Es indignante que se atrevan a meter la zarpa, puedes usar esa palabra, en la academia. Y lo hacen además desde la mala fe y la mediocridad. —¿La política que ha hecho moneda de todo, también quiere hacerlo con la lengua, entonces? — P.R.: Todo por una cuota de partido, lo contaminan todo y aquí no vamos a consentirlo. — M.M.: Aquí hemos procurado, Jesús, hasta el momento, evitar la penetración de la política. Esta casa lleva mucha honra el haber sido un islote independiente de la política y lo ha conseguido. — P.R.: Es que aquí hay gente de todo tipo. — M.M.: Y nunca se ha dicho de tal académico que haya sido elegido por ser del PSOE, del PP o de cualquier otro partido. Y si ha sido necesario nos hemos manifestado, siempre con mucha prudencia, porque esta casa es muy prudente en sus manifestaciones, contra el poder. Entre otras cosas porque necesitamos colaborar con él. Siempre hemos tenido una neutralidad a prueba de bombas. —Pasó con el lenguaje inclusivo, cuando os pidieron respaldar cambios en la legislación para desdoblar el género en los textos. — P.R.: Querían que avalásemos aquello. La academia se negó. Y no hicieron ni puñetero caso, porque siguieron adelante. Lo que demuestra que no querían una opinión, querían únicamente el aval. —Es más difícil enfrentarse al poder cuando es el Estado el que tiene que sostener la RAE, ¿no? — P.R.: Quiero que conste que Santiago la ha salvado. Rajoy la dejó en la indigencia. No pisó la academia jamás. Estaba en un estado de depauperación enorme. Y Santiago, por sus contactos, su mundo, salvó a la academia. Con otro director quizás no lo hubiéramos conseguido. —Han conseguido algunos fondos públicos, tal vez menos de los que deberían, habida cuenta de los fondos disponibles en el Perte de la lengua. — M.M.: Cumplimos un programa bastante bastante intenso. Tenemos 110 empleados. Trabajamos mucho, llegan recursos, pero tenemos menos de la décima parte de los recursos que el Estado provee para el Cervantes, por ejemplo. — P.R.: Lo cual es un disparate. — M.M.: Con esa décima parte, me atrevería a compararme con cualquier otra institución cultural de España en cuanto al producto que sale de aquí, hacemos un producto final que es el más relevante, porque es el normativo, es el que establecemos para que la gente cumpla. —Vamos a la polémica. Los debates de la RAE sacuden últimamente a los medios. — P.R.: Sobre todo a través de mí. —Con la no elección de Luis Alberto de Cuenca afloró el problema de las dos corrientes que pugnan en la vida académica, igual que con el tema de la tilde. ¿Hay una falla, un problema grave? — M.M.: Yo con Luis Alberto quiero agotar un turno, como se dice ahora. Luis Alberto, en primer lugar es buen amigo mío y una persona admirada justamente, porque es un tipo que tiene una trayectoria intelectual extraordinaria. Lamento muchísimo que no esté en la academia, como es natural. — P.R.: Por segunda vez, ¿eh? — M.M.: Por segunda vez. Es injusto lo que ha ocurrido. Ahora, ¿Ocurrió, como se ha comentado, porque hay una convención de algunos filólogos para que no entre en la academia? — P.R.: Pero no es de ellos. — M.M.: Bueno, eso puede ser, hay entre los filólogos diferentes orientaciones. — P.R.: Los filólogos forman un cuerpo solidario. — M.M.: No, porque Luis Alberto es filólogo. Yo lo imputo al hecho de que había otro candidato muy notable del que nunca se habla, el arquitecto Luis Fernández Galiano, un humanista. — P.R.: Y tampoco salió. — M.M.: Sí, pero este este tuvo 8 o 10 votos que hubiera tenido Luis Alberto de Cuenca — P.R.: Pero aparecieron, ¿cuántos en blanco? —Trece, si no me equivoco, en bloque. — P.R.: Fue sistemático. No había ocurrido nunca. — M.M.: Que se concertaron un grupo de gente para votar en blanco, no cabe duda. Que eso fuese una acción contra Luis Alberto, no creo. — P.R.: No era contra Luis Alberto, él era un mero pretexto. No quieren a nadie que no esté controlado por ellos. Si quieres entramos ya en materia. — M.M.: Sí, entramos. Lo contamos. — P.R.: En esta casa hay dos tendencias. Que el director me corrija sobre la marcha si quiere. Hay una tendencia que es mayoritariamente lingüística o filológica, y otra que es creadora o práctica. Han estado equilibradas durante décadas. La academia cuidaba mucho ese equilibrio y había respeto mutuo. A mí me trajeron Txomin Ynduráin y Gregorio Salvador, dos filólogos notables. Pero en los últimos tiempos se ha dado más peso a los filólogos. —¿A qué ha llevado eso? — P.R.: Para un filólogo de la rama talibán, esto debería ser una academia de filólogos, de científicos de la lengua, no de creadores. Lo han dicho públicamente más de una vez. Al morir Javier Marías, que era muy combativo, y Vargas Llosa, gente de prestigio que contrapesaba esa tendencia a adueñarse de la academia, los partidarios de lo otro hemos quedado en minoría. Por eso sólo quieren que entre gente que refuerce su posición. Y eso es lo que pasó con Luis Alberto. Corrígeme, director. — M.M.: Sí, te corrijo un poco, porque eso no es exacto del todo, Arturo. El dato objetivo es la composición de la academia hoy. Hay tres tercios en la academia: uno de escritores o creadores (narradores, dramaturgos, poetas, etcétera), no ensayistas, entre los que me incluyo, que estamos en otro cupo, y luego está el tercio de filólogos lingüistas y el de otros profesionales de diferentes especialidades. Eso se ha mantenido hasta llegar al día de hoy en que esos tercios están más o menos equilibrados. —¿Y ahora se está desequilibrando de algún modo? — M.M.: La presencia más intensa de filólogos o escritores depende de las épocas, de las personalidades. Arturo suele decir que ya no hay un filólogo que escriba en la Tercera de ABC como Lázaro Carreter. Es verdad, ya no hay un Lázaro Carreter, pero hacemos muchas consultas y evacuamos muchas respuestas a preguntas lingüísticas en las que mantenemos una opinión. Vargas Llosa al que cita Arturo jamás intervino en esto, jamás. — P.R.: No es cierto, perdóname, no es verdad. ¿Me estás diciendo embustero? Yo estaba en los plenos. — M.M.: No, no te digo eso. Mario no se interesó en el problema de la tilde. — P.R.: Intervino en muchos temas, antes de que tú llegases a la academia. Y como Javier Marías, era favorable a la tilde. Vargas Llosa y Marías tenían una postura de autoridad. — M.M.: Mario, como te consta, intervenía en los plenos poco. — P.R.: Tú conociste un Mario ya mayor. Yo llevo aquí 23 años. — M.M.: Le he conocido en los quince últimos años y no intervenía demasiado. Era la persona más correcta del mundo, la más respetada, jamás entró en una polémica dura. Solía conformarse con la mayoría. — P.R.: No estoy de acuerdo en eso. Se puede ser muy correcto y disentir. — M.M.: Marías, que sí era más amigo tuyo, más en contacto contigo… — P.R.: A ver, ¿porque era amigo? O sea, al final soy yo el responsable, ¿no? Es Arturo el que la lía. — M.M.: Arturo, no te estoy haciendo responsable de nada, por Dios. — P.R.: Parece que soy yo y mis amigos los que estamos liándola. Yo debo decirte que estás equivocado. Mario intervenía hasta que se hizo mayor y dejó de intervenir. — M.M.: Bueno, los últimos años no ha intervenido mucho. En fin, ¿de qué iba esto? — P.R.: De los filólogos. No es que manden más, es que la academia ha puesto en manos de estos lingüistas sus mecanismos. Antes había más debates en los plenos y en las comisiones. Ahora, el debate se ha atenuado y ha pasado más a una toma de decisiones operativas por parte de los lingüistas. Ahora son decisiones que vienen casi sin consultar con nadie, unilaterales. — M.M.: Del director. — P.R.: Bueno, del director con los lingüistas. Antes había lingüistas como [Manuel] Seco, [Gregorio] Salvador, [Valentín García] Yebra, [Francisco Rodríguez] Adrados, gente muy razonable en cuanto a la manera de de de enfocar la academia. Estos de ahora son más intransigentes, más talibanes, más científicos, entre comillas. Expresan un profundo desprecio por todo aquello que no está en su territorio. Hablan de la ciencia, vale. Pues mire usted: yo me levanto cada mañana a trabajar desde hace 40 años y tengo lectores, como hacía Marías o hace Luis Mateo. ¿Usted me va a contar a mí si una coma, una tilde, un punto y coma? Y para ellos pesa más que mi opinión la del 'Eco de Calahorra'. —Si lo entiendo bien, ¿usted denuncia que, cuando salen los temas de las comisiones, los lingüistas influyen en el resultado de lo que se hace llegar al pleno? ¿Que realizan un control digamos burocrático para que determinadas cosas nos se traten? ¿Que los temas salgan imantados? — P.R.: Vienen condicionados. La academia ha pasado de ser un equilibrado mecanismo de pesos y medidas y contrapesos para que la lengua, abierta a lo popular y a la evolución, se fije, a ser una especie de bebedero de patos donde todo vale y donde nada se cuestiona porque está documentado o sale en las redes sociales. A mí qué me dicen de 'El eco de Calahorra' o YouTube. Tenga usted también en cuenta a Cervantes, a Lope, a Marías, a Vargas Llosa. — M.M.: Me gustaría decir que la academia no ha tenido nunca un elenco de escritores como el que tiene ahora. Además de Arturo, hay dos premios Cervantes, y hay un dramaturgo comparable con cualquier dramaturgo que haya estado en la RAE, e intelectuales de nivel. Yo le decía a Marías que no era peor que Cela. Y los filólogos actuales que hay en la academia no son peores, comparativamente, con su currículum y sus obras y actividad, a los académicos que suele citar Arturo. — P.R.: En eso no estoy de acuerdo, es mi apostilla. — M.M.: No es una opinión, es objetivo. Pero una cosa es que discrepe y otra que no respete lo que Arturo dice. Cuando hizo las últimas manifestaciones públicas, he sido el primero en decir que tiene todo el derecho a opinar lo que le parezca. Y no estoy de acuerdo con que el método de trabajo en la academia sea el que él describe. En la academia se dejó de trabajar en pleno porque era muy improductivo. La discusión que echa de menos Arturo se ha pasado a las comisiones y no está predeterminado en absoluto cuál sea el resultado. No hay ese sesgo. —¿No juegan entonces los lingüistas con ventaja? — M.M.: La Academia española, cuando se creó en 1713, no fue una academia de literatos, como la francesa, sino otra en la que tuviera cabida la lengua vulgar, la de germanía, la de los gitanos y cualquier otra lengua. La división en tercios contribuye a eso. Si los escritores, como se queja Arturo, no sé si con toda la razón o no, han perdido preeminencia en algún momento, no será por no estar cualificados, que los hay muy cualificados en esta casa. No ha habido nunca dos premios Cervantes sentados en el en el óvalo de la Real Academia, ni escritores tan leídos como Pérez-Reverte o Javier Cercas. — P.R.: Sí, pero ¿quién toma las decisiones sobre las cosas que hace la academia? — M.M.: Cada una de las comisiones. — P.R.: Las toman los lingüistas. ¿Le cuento a Jesús cómo fue lo de la tilde? — M.M.: Sí, cuéntaselo. Claro, por supuesto. — P.R.: Cuando se va a plantear en un congreso eliminar la tilde de solo y los demostrativos, la academia decidió en pleno su postura. En el debate, interesantísimo, Marías, Vargas Llosa, Pérez-Reverte, Luis Mateo, Gregorio Salvador, y la mayoría votamos por que la tilde se mantenga. El que tiene que llevar esa decisión ortográfica es Salvador Gutiérrez. Llega allí y no la defiende. Vuelve y dice que es que han dicho, que han argumentado, que tal. — M.M.: No fue así, no. — P.R.: Ah, ¿no fue así? Yo estaba en esa votación. Tú no estabas todavía, perdóname. — M.M.: Yo pensaba que te referías a una votación que se produjo conmigo. — P.R.: No, no. Cuando fue Salvador Gutiérrez al congreso aquél, que era en América. La Academia Mexicana se niega, de hecho mantiene la tilde. Pero es que Salvador Gutiérrez, partidario de no usar la tilde, llevaba un mandato. Y no defendió el acuerdo. — M.M.: Te digo lo que está documentado. Fue una reunión interacadémica, sería la Gramática o la del Panhispánico de dudas. Llevaron la propuesta de que se mantuviera la tilde en solo y en los demostrativos. — P.R.: No la propuesta, la decisión de la Real Academia Española. — M.M.: Sí, la decisión de la Academia Española de que se permitiese la tilde en casos de ambigüedad, y por lo visto, según está documentado, el director de la Academia Mexicana de la Lengua de entonces dijo que nada de excepciones. — P.R.: Era una academia más. Y además, la Academia Mexicana hoy la mantiene, la tilde. — M.M.: Sí, sí, pero es que eso fue luego al congreso de Asale y se aprobó que se quitara. — P.R.: La cosa es que Salvador Gutiérrez no defiendió lo que tenía que defender, llegó allí, se calló y no dijo lo que aquí se había decidido. Hombre, que la Academia Mexicana imponga algo y la Academia Española ni defienda su postura, reconoce que suena raro. — M.M.: Pero en los anales queda de la otra manera porque hay un acta donde se dice: se quita la tilde porque lo pide el director de la mexicana. — P.R.: El acta la hace él. ¿La Academia Mexicana pide y la Academia Española no cuenta? Se juntó el hambre con la gana de comer. — M.M.: Es importante tener en cuenta que las academias también pintan, ¿eh? — P.R.: Pues claro que pintan. Eso demuestra el problema. El afán de autonomía de ese sector que dice: la lengua es una cosa científica, nosotros somos los sacerdotes de esa ciencia y los demás están ahí para hacer novelas, libros, artículos. ¿Cómo lo dictaminan? Echa un ojo a @Raeinforma. Hay consultas que han respondido de forma equivocada. ¿No te consta? — M.M.: No me consta que se equivoquen. Y es verdad que lo de la tilde ha sido un problema muy notorio. ¿Me puedes decir otro? — P.R.: Sí, guion. Al no deshacer el diptongo con la tilde los lingüistas se han cargado la métrica de la poesía del Siglo de oro, toda. Los versos de Lope de Vega ya no valen. — M.M.: El tercer ejemplo. — P.R.: ¿Te parece poco? — M.M.: Aunque encontraras diez, eso en el trabajo de la academia es una menudencia. — P.R.: Pero que no le estoy quitando el mérito a la academia, si la academia yo creo que hay que defenderla en público. — M.M.: Tú sabes lo que hace la academia en la actualidad. — P.R.: Lo que digo es que esta academia está desequilibrada. Se toman decisiones... — M.M.: No. — P.R.: ¿Cómo que no? ¿Te acuerdas de la palabra balé, por ballet? La propone Salvador Gutiérrez. Y digo yo en el pleno: esto es una barbaridad. La gente estaba de acuerdo, es una barbaridad tal. Bueno, pues está. — M.M.: ¿En qué diccionario? — P.R.: En el diccionario panhispánico de dudas se documenta su uso. —(Lo consulto). No está como entrada, sino en una acepción: hay un comentario que dice que esa forma es válida. — P.R.: ¿Ves? Pues que quede ahí, que quede ahí. — M.M.: No hay una recomendación de que se escriba balé. Hay una tendencia en la RAE, representada por esta persona a la que tú citas tanto, de que se castellanice todo. No muchas palabras lo logran. — P.R.: Bueno, pero en la academia somos treinta y tantos académicos. Mi impresión es que la parte operativa de la academia reside en muy pocas personas que son talibanes lingüísticos. Y te voy a poner otro ejemplo importante. Yo llevo 20 años pidiendo que la academia haga una especie de balance anual de la lengua española. Que se aproveche para decir: señores, se está utilizando mal tal palabra, lo que sea. Evidentemente, el habla la tiene la gente, pero que sepan que la palabra correcta es esta y la usaron Cervantes, Marías o quien sea. —Esa crítica aparecía también en el artículo de 'El Mundo' que desató su mayor desencuentro. — P.R.: He desistido de intentarlo. Que la academia fije, insisto, no como una policía del idioma, pero que sepan ustedes que lo correcto es esto o aquello. La palabra autoridad como referencia ha desaparecido. Esa es mi gran crítica a la academia. En la duda, Galdós; en la duda, Cervantes; en la duda, Vargas Llosa; en la duda, García Márquez. Ahora ya no hay duda, ahora ya es cualquiera vale. — M.M.: No, no es así. Arturo dice que la academia no hace recomendaciones lingüísticas. — P.R.: No, he dicho que no las hace según el principio de autoridad. — M.M.: La academia se sumó a ese lema que Arturo ha comentado recientemente de «limpia, fija y da esplendor». No al otro que se propuso también en los tiempos fundacionales que era «aprueba y desaprueba». Pero la academia nunca se ha preocupado tanto por la corrección en el uso de la lengua como ahora, porque la academia está contestando todos los días a través del departamento del Español al día y de Fundéu RAE. — P.R.: A veces contestando de forma incorrecta. — M.M.: Bueno, yo no sé si se equivocarán como es humano que ocurra. Todos los días la RAE se está pronunciando en redes y en la web. Tiene un diccionario panhispánico de dudas que a Arturo probablemente le resulta un poco irritante porque lo ha dirigido una persona que no le gusta. Bueno, es un diccionario que resuelve muchísimas dudas idiomáticas a mucha gente. Y hombre, anualmente el director hace un informe sobre el estado de la cuestión que se llama 'Crónica de la lengua española'. — P.R.: Ese librito lo leerán cuatro académicos, cuatro catedráticos. Una comunicación pública con prensa la oye todo el mundo. Eso no se ha hecho y llevo veinte años pidiéndolo. — M.M.: Siéntate conmigo en una rueda de prensa, si te parece que hay que hacer esto, no me parece mal. — P.R.: A estas alturas ya me da igual. — M.M.: No, porque estás protestando por eso. A mí también me parece bien. En la medida que pueda, aunque solo sea por darte gusto, me parece bien eso. Arturo, cuando tienes razón, a mí me da mucho gusto dártela. Y si eso puede mejorar el papel de la academia, estupendo. — P.R.: Pero eso no les gustaría a los talibanes, porque eso significa que les estamos negando el que cualquier pelagatos en Twitter tenga la misma autoridad que Vargas Llosa. — M.M.: Esa idea es buena, hay que desarrollarla. Lo que está bien, está bien y lo que está mal, está mal, Arturo; y esto es una buena idea, de modo que habría que hacerlo. —Cada vez que la academia baraja palabras los medios estamos muy pendientes, la que ha entrado, la nueva, la que ha salido. Publicamos las noticias y están entre las más leídas del año. — P.R.: Hay una tendencia en esta academia y de esto también hago responsable al director, que es decir: cosas de Arturo. ¿Sabes qué pasa? Aquí hay mucha gente que piensa como yo, muchísima. Pero a la hora de votar se retraen. Aquí nadie quiere mojarse ni quiere complicarse la vida. Antes había más manos que se levantaban y daban la cara, Marías era muy peleón. Ahora Marías no está, otros somos mayores. Entonces, cuando hay polémica, es que Arturo es un broncas. Y no estoy solo, estoy solo a la hora de votar, pero no a la hora de plantear. — M.M.: La historia de Arturo en este punto es muy hermosa, por cierto. Arturo es un revolucionario, tiene un punto que él mismo califica de gamberro, que no podemos emplear los demás porque... — P.R.: Siempre he sido un académico muy leal. — M.M.: Muy leal y muy importante, lo he dicho al empezar la entrevista, al que respeto y admiro. Ahora, esa impresión que tienes de que lo que opinas tú lo opina todo el mundo… Déjame que te diga que te equivocas. — P.R.: No he dicho todo el mundo. Pero te puedo decir muchos nombres, por supuesto. — M.M.: Yo sé que pueden apoyarte en una opinión. Lo que no está bien es que tú creas que el silencio es positivo. Yo soy del ramo de derecho administrativo y sé que el silencio siempre es negativo. Tú interpretas el silencio como positivo a tu favor, ¿pero de dónde has sacado eso? — P.R.: Yo he dicho lo contrario. — M.M.: Del silencio deduces que la gente opina como tú. — P.R.: No, no es verdad. — M.M.: Yo te he entendido eso. — P.R.: Pues me ha entendido mal, abogado, me ha entendido mal. Yo estoy hablando de cobardes. ( Ambos debaten sobre nombres concretos y no quieren que salgan publicados ) — P.R.: Tú estás de acuerdo en muchas cosas conmigo también. — M.M.: Yo soy mucho más leal a Arturo que él a mí, lo quiero mucho. Pero te digo que esa gente cuando no opina es porque no están de acuerdo contigo. Ninguno de esos ha apoyado que publicaras lo que publicaste. No por el contenido, sino por el hecho de que lo publicaras. — P.R.: Claro que no, si también iba contra ellos, contra lo que llamo el silencio de los corderos. — M.M.: No digas que en esto tienes ocho o nueve apoyos porque no los tienes. — P.R.: Pero no me cambies las cosas, no me leguleyices esto, coño. — M.M.: Nadie, nadie. En votación Arturo habría perdido por 40 a 1 — P.R.: Naturalmente, porque estoy solo. — M.M.: Vargas o Marías no te habrían apoyado en eso. — P.R.: Marías lo habría hecho él. —Hay un tema de fondo muy interesante. ¿La enorme capacidad actual en el manejo de datos de la lengua quizá da mayor prevalencia a la existencia estadística de ciertas palabras para ser aceptadas? Los periodistas incluso nos quejamos lo fácilmente que a veces se acepta una palabra. — P.R.: Vete al Corpes [la base de datos del español del siglo XXI, con millones de entradas]. Mira la prevalencia de una palabra. Vete a ver qué libros de Javier Marías hay metidos en la base: habrá tres y uno es de fútbol. Así era hace diez años. Compara el peso de las redes sociales con el peso de los autores de autoridad y te vas a quedar estupefacto. — M.M.: No, no es así. Cuando se hizo el diccionario de autoridades, las fuentes literarias eran relativas. Hay muchas fuentes de otro carácter, la Ordenanza de tasas, fuentes jurídicas de una riqueza extraordinaria. Hay más referencias a esa ordenanza, en términos relativos, considerando su extensión, que al Quijote. — P.R.: Quien redactaba esas tasas era gente culta de la época. Eran palabras con una solidez impresionante. Ahora entra cualquier analfabeto de Twitter o Facebook. No compares una cosa con la otra. — M.M.: No quiero comparar nada con nada. No son fuentes de ignorantes… — P.R.: No, digo que también entra mucho ahora el peso de la ignorancia. — M.M.: En la misma proporción que la ignorancia tiene en la sociedad actual. — P.R.: Precisamente, para eso está la academia. Ayudemos a que hablen mejor. — M.M.: Esta mañana en mi comisión se planteó la palabra supercalifragilístico. Yo dije de broma que por qué no aceptar entonces aserejé. Hay palabras muy coyunturales. No incorporamos palabras que van a declinar inmediatamente. — P.R.: Pero hecho eso, llega Salvador Gutiérrez y mete lo que él quiere. ¿O no ocurre eso? Mírame a la cara. — M.M.:   (lo mira fijamente) : No me consta. Más aún. Se discute y aprueba cada palabra en las comisiones y luego en la delegada. Y antes de pasar al diccionario va a América y la miran las 22 academias de Asale, con una seriedad extraordinaria. — P.R.: ¿Las consultas en @RAEinforma también para América? — M.M.: Pero mira, Arturo. El consultorio de la academia exige una interpretación de las reglas. Las reglas son generales y el consultorio es para un asunto particular y quien resuelve el asunto concreto en cualquier rama de la ciencia interpreta. — P.R.: ¡Cómo está el abogado! — M.M.: Pues te voy a poner un ejemplo de abogado. La Revolución francesa impidió a los jueces interpretar las leyes, porque cuando las interpretaban eran creativos, creaban normas al interpretarlas. Pues hombre, al interpretar las normas de la academia es casi lógico que alguna vez el intérprete cree. Entonces, ¿cómo resolvemos eso? O dejamos que un intérprete haga un servicio a la sociedad importante o suprimimos el servicio. — P.R.: Por supuesto, el servicio. Yo sigo siendo académico. — M.M.: Sí, tú eres un académico extraordinario. —Al absorber palabras de 50 redes y miles de webs podría haber una crecida estadística difícil de gestionar. ¿Cuál es el papel de la RAE entonces? — M.M.: Ahora estamos añadiendo al diccionario algo que nunca ha tenido, que son citas de autores que muestran de dónde viene la utilización de la palabra o ejemplos inventados, cuando no tenemos citas. No hay ni una de Twitter, ni de internet. —Esto es volver la mirada al primer diccionario, al de autoridades, que hacía lo mismo. — P.R.: Esto es nuevo. — M.M.: Sí, sí, exactamente eso. Buscar la cita donde surge el uso o lo ratifica. Cuando salga el diccionario en diciembre lo vas a ver, está lleno de citas de autoridad, también tuyas, eh, por cierto. — P.R.: Hombre estaría bueno, tengo publicadas treinta y tantas novelas. Si es así me parece magnífico. — M.M.: Todas las citas están sacadas de la literatura. — P.R.: Estupendo. Pero yo reprocho a esta academia que cuando ha habido algunas situaciones, el principio de autoridad no lo ejerce, o lo ejerce poco. — M.M.: ¿Cuál es el principio de autoridad, Arturo? — P.R.: Que la academia está hecha por sabios. Y estos sabios tienen un peso social y un peso cultural importante y se les debe escuchar. Y lo que ellos dicen tiene un peso superior a lo que diga un ministro de exteriores, o un sindicalista, o Yolanda Díaz, o Zapatero. Esa autoridad la academia no la está ejercerciendo como tal. Cuando sale una barbaridad tiene que señalar que eso es una mierda. — M.M.: La ejerce cada vez que se pronuncia y, sobre todo, en todas y cada una de las obras que publica. — P.R.: Muy pocas veces. Se habla durante un rato más. La conversación se va apagando. Se comentan proyectos académicos y otros asuntos ajenos a la Docta Casa. Muñoz Machado le pregunta a Pérez-Reverte por el congreso de la Guerra Civil que organizará de nuevo en Sevilla. La cordialidad se instala entre ambos. Después de la intensa conversación, nos levantamos de la mesa. Se dirigen a la salida. Caminan uno al lado del otro, junto a las escaleras, entran en el pequeño ascensor, aún se oye alguna pequeña pulla de viejos amigos, alguna anécdota rescatada y vuela alguna risa breve. Es jueves y el vestíbulo se va llenando de académicos. El novelista acude últimamente menos a los plenos y el director le invita a quedarse. Arturo se excusa, tiene otro compromiso. Tal vez aún hay distancia entre ellos. Se estrechan las manos y se despiden. Han expuesto sus razones en la casa de las palabras, de manera tan contundente como cortés. La puerta se cierra, como un libro. FIN.





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