La tarde del martes se llenó de memoria, arquitectura y humanismo en el salón de actos del Real e Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Sevilla. A las siete en punto, el edificio —inaugurado en 1972 y considerado una obra singular— acogía un homenaje poco habitual: el que se rindió a Aníbal González Álvarez-Ossorio y a Antoni Gaudí, dos figuras esenciales para comprender la arquitectura española. El encuentro reunió a diversas personalidades, entre ellas Aníbal González Serrano —nieto del arquitecto sevillano—, y el historiador Francesc Fontbona, llegado desde Barcelona para participar en el homenaje. La sesión comenzó con las palabras de Andrés Rodríguez, vicepresidente de la institución, quien agradeció la presencia del público y subrayó el carácter especial de la jornada, concebida para «exaltar a estas figuras de la arquitectura» en un espacio dedicado tradicionalmente a la medicina. Tomó después la palabra Alberto Máximo Pérez, director de la vocalía de médicos senior, que recordó el origen de esta iniciativa nacida «de las peticiones de estas viejas glorias de la medicina». Ante un salón repleto, expresó su emoción por el encuentro entre disciplinas: «Me siento orgulloso de ver este salón lleno; los padres de ambos conferenciantes justo fueron miembros de la profesión de la medicina». Su intervención dejó también una reflexión que marcó el tono humanista de la velada: «El médico que solo sabe de medicina ni de medicina sabe y hoy es un acto humanista, vamos a transmitir humanidad a todos los que nos escuchan». La relación entre arquitectura y salud fue precisamente el eje que desarrolló Gloria López-Campos, vocal de atención primaria, quien defendió que los espacios también curan. «La medicina y la arquitectura influyen mucho en el bienestar de nuestros pacientes», afirmó. Recordó la emoción que sintió al visitar la Sagrada Familia y evocó también la fuerza simbólica de la Plaza de España de Sevilla. «La arquitectura está muy unida porque cura, da calma, buenas vibraciones y buenos recuerdos, y estos arquitectos han hecho obras que quedan para la eternidad y son preciosas», añadió. El momento central de la tarde llegó con la intervención de Aníbal González Serrano, médico especialista en cirugía y odontología y nieto del célebre arquitecto sevillano. Presentado por Alberto Máximo Pérez como alguien que «está manteniendo el legado de su abuelo a pesar de que no es fácil y no es algo que está de moda», el conferenciante confesó sentirse profundamente agradecido y dedicó su charla a 'dos arquitectos irrepetibles'. Para él, Aníbal González y Antoni Gaudí fueron «dos arquitectos diferentes con un mismo sentido: hacer una arquitectura única». Sobre su abuelo explicó que supo crear una arquitectura profundamente vinculada al lugar: «Mi abuelo hizo una arquitectura propia del lugar», afirmó, recordando cómo se apoyaba en la historia, la identidad y los materiales locales, además de colaborar con artistas de la zona, impulsando barrios como Triana o localidades como Aracena. A su juicio, la figura del arquitecto sevillano no fue suficientemente valorada en vida: «No se le daba la importancia en vida», lamentó. Y defendió su papel decisivo en el desarrollo urbano de la ciudad: «Sin Aníbal González no se comprende la Sevilla contemporánea». El nieto evocó también el respeto que despertaba cuando hablaba en público: «Cuando Aníbal González hablaba en público se hacía un silencio impresionante porque siempre decía algo importante para la ciudad de Sevilla». Aun así, recordó que muchas de sus obras han desaparecido: el 31,6% de los edificios que proyectó ya no existen. Sin embargo, su legado sigue vivo, especialmente en la monumental Plaza de España de Sevilla, que definió como «ese abrazo de España a los pueblos hispanoamericanos». «Sevilla sin Aníbal González no sería Sevilla», concluyó. La segunda parte del homenaje estuvo dedicada a Antoni Gaudí, a cargo del historiador Francesc Fontbona, uno de los grandes estudiosos del modernismo catalán. Fontbona realizó un recorrido por los inicios del arquitecto y por el momento decisivo de 1883, cuando asumió el proyecto de la Sagrada Familia. Según explicó, Gaudí fue un creador radicalmente libre: «Todo lo que hacía partía de su imaginación y era un surrealista». Aquella originalidad resultó desconcertante para muchos: «Era algo que para el hombre de la calle representaba algo chocante». Sin embargo, encontró pronto el apoyo de la burguesía y del mecenas Eusebi Güell, lo que le permitió desarrollar una obra que hoy es universal. Pese a su creciente fama, Fontbona recordó que en la Exposición Universal de 1888 su figura pasó relativamente desapercibida. También dibujó un retrato personal del arquitecto: «Era un auténtico misántropo que tenía poca vida social». El cierre de la jornada volvió a manos de Alberto Máximo Pérez, quien recordó el simbolismo del momento: «He cumplido uno de mis sueños porque se conmemoran dos fechas: el centenario de la muerte y el 150 cumpleaños de Aníbal». La velada concluyó con la entrega de un pergamino conmemorativo a los participantes, mientras el público abandonaba el salón con la sensación de haber asistido a algo más que una conferencia: un diálogo entre medicina, arte y memoria. Dos disciplinas distintas, pero unidas por la misma aspiración que ambos arquitectos compartieron: dejar una huella duradera en la vida de las personas.