En Alemania, desde hace unos meses comienza a verse una escena que causa desconcierto en aquel que la observa por primera vez: personas recorriendo los circuitos de los parques de adiestramiento con correa y arnés, pero sin perro . No es un nuevo reto viral, sino una práctica con nombre propio: 'hobby dogging', desarrollada por Barbara Gerlinger en Bad Friedrichshall, una ciudad alemana situada al norte de Stuttgart. Gerlinger definió recientemente esta práctica en el podcast 'Schüchtern bis nüchtern' como «practicar ejercicios de adiestramiento sin perro para aprender a tratarlos de una manera correcta». La dinámica aparentemente es sencilla: reproducir ejercicios propios del entrenamiento canino, como el manejo de la correa o el control de la postura del dueño, pero sin el acompañamiento de un perro. El animal pasa a ser imaginario, lo que provoca que la atención deje de concentrarse en corregir a la mascota y se traslade al comportamiento de la persona. La idea surgió de manera casual en el entorno de un club donde, tras una sesión poco fructífera, uno de los asistentes bromeó con la idea de entrenar sin perro. Este comentario derivó en una reflexión: si muchos problemas en perros nacen de la incoherencia del dueño, ¿por qué no empezar educando a la persona? En las sesiones se emplean correas con alambre diseñadas para mantener cierta rigidez; se recorren los circuitos y se ensayan órdenes como si el animal estuviera presente en la práctica. Más que una teatralización, el objetivo es trabajar la coherencia, buscando, por ejemplo, que los gestos o la postura del dueño transmitan seguridad, logrando que cuando lo emplee con su mascota, resulte eficiente. Aunque nació en el contexto del adiestramiento, el 'hobby dogging' no es algo pensado únicamente para profesionales. Se dirige también a futuros dueños que desean comprender el compromiso que supone convivir con un animal durante años, a propietarios de mascotas con comportamientos complicados y a jóvenes que deben aprender la responsabilidad que supone adoptar o comprar. Cuando varios vídeos de las sesiones comenzaron a viralizarse en las redes sociales, llegaron reacciones dispares. Para algunos, se trata de una iniciativa pedagógica que sitúa el foco donde realmente importa: en el comportamiento humano. Para otros, es una excentricidad propia de una época marcada por la sobreexposición digital. Más allá del debate, Gerlinger plantea como idea básica que los perros necesitan señales claras y consecuencias inmediatas, y si el dueño refuerza sin querer un mal comportamiento o transmite mensajes contradictorios con su cuerpo y su voz, el animal responde en consecuencia. Para quienes ya conviven con un perro, la disciplina puede funcionar como herramienta preventiva. Ayuda a entender los tiempos de recompensa, el aprendizaje por repetición y la importancia de establecer límites sin agresividad. Pero su alcance va más allá del mundo de las mascotas: los participantes trabajan concentración, regulación emocional y presencia corporal. Al eliminar el estímulo externo, el foco se dirige hacia uno mismo. Sin embargo, el 'hobby dogging' no es el primer movimiento que busca reproducir una actividad sin recurrir al animal real. El primer ejemplo de este tipo nació en el año 2000 con el 'hobby horsing', una disciplina surgida en Finlandia donde los participantes llevan a cabo pruebas ecuestres con caballos de palo. Se popularizó en el año 2017 a raíz del documental Hobbyhorse Revolution, y a día de hoy es una práctica que reúne a miles de jóvenes en el país que corren y saltan obstáculos sosteniendo entre las piernas una cabeza de caballo de peluche o madera. Ambas prácticas comparten una misma lógica: eliminar al animal para poner a prueba al humano. Ya sea con una correa sin perro o con un caballo de palo entre las piernas, el ejercicio consiste en asumir que la disciplina, el control y la coherencia no dependen del animal, sino de uno mismo.