Wim Wenders en la Berlinale -a quién se le ocurre-, quiso hablar de cine. El director de la magnífica 'Perfect days' debería, según los entusiastas de la política de salón, hacer un manifiesto de cada oportunidad ante un micrófono. A la mínima, en Berlín hay quien exige que se asuma que 'todo es política', como máxima. Todos y cada uno de los microfonados de la tierra tendrán entonces que opinar obligatoriamente sobre lo que toque cuando pasen por la rueda de prensa: Gaza, el cambio climático o Trump. Por las mismas, llegó el gran jefe Springsteen , Boss-Sentado en el capó de su Chevrolet Camaro Z28, y anunció su gira «contra el aspirante a Rey» , que es lo que les parece Trump. Los coches lo dicen todo. Clint Eastwood tenía el Gran Torino para gruñir lo suyo, porque su motor ruge, aunque menos que el del Camaro. Thelma y Louise delinearon sobre el mítico Thunderbird aquel camino sin más salida que la imaginación que tantas cosas cambió en su día, entre ellas mis ojos. Porque el buen cine sacude nuestra mirada siempre y es de tontos exigir que el cineasta se aclare la voz con las consignas de saldo, o de otro. Las consignas nacen siempre en sitios cutres. Y Wenders, en 'Paris, Texas' -esa película bisabuela de 'Sirat' -, reconectaba el pasado del protagonista, Harry Dean Stanton, con su vida a bordo de un Ford Ranchero, convertido casi en DeLorean del desierto del tiempo. Springsteen cantando himnos (cómo olvidar 'The Rising' o 'Evils & dust') es mejor que apoyado en su Camaro, sonriendo a la América que bracea sus angustias en un vídeo al grito de 'que viene la caballería'. ¿Y viene en coche? Lo que tiene que venir es la música. Por si lo otro que le sigue no es bonito .