En 1944, Leonard Bernstein, compositor y director de orquesta judío, hijo de inmigrantes ucranianos, escribió y compuso 'New York, New York', canción cargada de vitalismo dedicada a una ciudad abierta a todo aquel que llegara con ganas de disfrutar la vida. La imagen de Nueva York como puerto de llegada y acogida global se consagró en la cultura popular occidental treinta años más tarde, cuando la 'New York, New York' de Kander y Ebbse convirtió en el himno oficioso de la «ciudad que nunca duerme» en las interpretaciones de Liza Minnelli para el filme musical homónimo dirigido por Martin Scorsese (1977) y, posteriormente, de Frank Sinatra (1980). La clave del éxito de las dos 'New York, New York' radica en cómo captaron agudamente el motor creativo de la Gran Manzana: el deseo de vivir y de triunfar de los llegados a ella desde todos los confines del mundo. «Empiecen a extender la noticia: me voy a ir hoy [a Nueva York], quiero ser parte de ella. Mis zapatos de vagabundo están deseando cruzar su corazón. Quiero despertar en la ciudad que nunca duerme y ser el rey de la colina, en la cima del éxito. Mis tristezas de pueblo pequeño se esfuman (…) Si puedo conseguirlo allí, lo puedo conseguir en cualquier parte». Una década más tarde, en 1957, el mismo Bernstein compuso el que quizá sea el musical más famoso del siglo XX, 'West Side Story', cuya versión cinematográfica dirigida por Robert Wise (1961) se convirtió en un icono de la cultura urbana contemporánea. Bajo la imposible historia de amor entre Maria y Tony, émula de la shakesperiana 'Romeo y Julieta', late una durísima crítica social y cultural. Bernstein ya no tiene ahora una mirada tan optimista sobre el sueño americano: el dramático final de la joven pareja denuncia la guetización en Estados Unidos de las minorías étnicas y el techo (no precisamente de cristal) que impedía la completa integración de éstas en una dominante sociedad WASP,―acrónimo de 'white anglosaxon and protestant' (los pandilleros Jets son hijos de inmigrantes irlandeses, polacos e italianos, mientras que los Sharks son puertorriqueños). Saltemos a 2026. En el primer año de su segundo mandato, la Administración Trump ha hecho de la lucha contra la inmigración ilegal su principal bandera dentro del movimiento de 'renacionalización' de los Estados Unidos. Para ello, la batalla cultural iniciada por el Gobierno federal ha incidido especialmente en la identidad cristiana y, sobre todo, lingüística estadounidense. En este sentido, que la primera medida (no es una exageración, ¡fue realmente la primera medida acordada por Trump!) de la actual Administración fuera suprimir las versiones en español de la página web de la Casa Blanca y de los demás 'sites' gubernamentales, o la inquina con la que el ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) trata a los inmigrantes de origen latinoamericano, revelan el sentimiento de amenaza de su hasta ahora indiscutible hegemonía por la población 'nativa' blanca, y en especial el universo MAGA, frente a la creciente y cada vez más influyente presencia hispana en Estados Unidos. Que lo latino (o hispano) no es una simple moda en los Estados Unidos, sino un 'trend' mucho más profundo y amplio,―tanto que es uno de los agentes causantes de la contrarrevolución 'neocon' del 'american first',―lo muestra el apabullante éxito del músico puertorriqueño Bud Bunny (nombre artístico de Benito Antonio Martínez Ocasio), que ha conseguido el hito, impensable hasta hace no mucho, de ser el primer artista en obtener el Grammy al mejor álbum del año por un disco cantado íntegramente en español ('Debí tirar más fotos', 2025). Este reconocimiento de la industria tuvo su continuidad cuando se le propuso actuar en solitario en el espectáculo de medio tiempo de la Super Bowl 2026, uno de los acontecimientos deportivos y musicales más importantes del año. Hasta esta edición, la presencia (residual) de artistas latinos en el 'show' (como Shakira o Jennifer López) se diluía entre la de otros músicos internacionales o norteamericanos de renombre y, por supuesto, las interpretaciones eran siempre en inglés. Bud Bunny es un fenómeno prototípico de la moderna cultura latina urbana. Aunque su formación musical primaria y sentimental viene de las tradicionales salsa y merengue (la ya mítica 'Nuevayol' es un guiño al clásico 'Un verano en Nueva York', de El Gran Combo de Puerto Rico, 1975), ha alcanzado celebridad a través de cultivar dos nuevos géneros bastardos, como son el reguetón y el 'trap' latino, fusiones ambas de ritmos oriundos caribeños con el 'hip-hop' y el 'rap' estadounidenses. A la hora de diseñar su 'show' de trece minutos para la Super Bowl, Bud Bunny ha tenido en cuenta todos estos elementos, y ha desarrollado su actuación integrando narrativamente las diversas influencias que confluyen en su música, tejiéndolas con su biografía personal y la historia de la emigración puertorriqueña (y latinoamericana en general) desde sus países de origen hasta su arraigo en las grandes urbes estadounidenses. Bud Bunny no se ha limitado a reclutar una 'troupe' de músicos competentes, sino que ha organizado una genuina fiesta popular, casi una verbena, en la que ha invitado a muchos de sus referentes culturales y musicales, y que está plagada de cameos y homenajes a figuras señeras de la inmigración latina en Estados Unidos. Partiendo de una plantación azucarera puertorriqueña y recorriendo diversos ámbitos de la vida callejera y urbana hispana en las ciudades norteamericanas de acogida, Bud Bunny hila sus 'greatest hits' celebrando la rica y bulliciosa vida comunitaria y familiar de los inmigrantes latinos; el hecho de que el centro del espectáculo haya sido una boda, fiesta en la que niños, abuelos y jóvenes bailan juntos al son de una 'big band' liderada por Lady Gaga, es un eco lejano de las raíces flamencas, gitanas y andaluzas de la música latinoamericana. Es en este punto en el que el mensaje político del 'show' coge más vuelo: la auténtica y más valiosa tradición estadounidense es la de la acogida al inmigrante que viene a comerse el mundo a la tierra de las oportunidades y la libertad, no la del repliegue sentimental alrededor de unos valores supuesta (y en absoluto) amenazados. En 1988, Mecano, la gran banda española internacional de aquel momento, cantaba en 'No hay marcha en Nueva York', con un poso de amarga desilusión, aquello de «más de dos millones de hispanos/ y aquí no habla nadie en cristiano». Casi cuarenta años más tarde, todo ha cambiado: el nuevo arzobispo de Nueva York, Ronald Hicks, ha abierto la homilía de su misa de toma de posesión citando los dos primeros versos de 'Nuevayol' de Bud Bunny («Si te quieres divertir con encanto y con primor/ sólo tienes que vivir un verano en Nueva York»), y el mismísimo Donald Trump, defensor 'hispanitatis in pectore', ante el apabullante éxito del 'show' de Bud Bunny en la Super Bowl , se ha visto forzado a pronunciarse sarcástica (y xenófobamente) al respecto («Absolutamente terrible (…) nadie entiende una palabra de lo que dice este tipo»). Al igual que los inmigrantes irlandeses, eslavos e italianos de hace un siglo, los hispanos se han arraigado en Estados Unidos para dejar su propia huella y contribución a ese gran país; como la 'vieja Nueva York' a la que cantaban los italoamericanos Sinatra o Minnelli, que «hace un nuevo comienzo», una y otra vez, cuando, siendo fiel a su historia, permite a los recién llegados «ser parte de esto».