La intervención de Pedro Sánchez en la Conferencia de Seguridad de Múnich ha introducido una perturbadora disonancia en la estrategia europea. Mientras Alemania y Francia exploran un marco de disuasión nuclear propio y varios socios asumen la necesidad de elevar el gasto en defensa hasta el 5 por ciento del PIB, el presidente pidió «parar el rearme nuclear» y relativizó el esfuerzo presupuestario. En un momento de máxima tensión geopolítica, esa posición ha dejado a España aislada. La guerra en Ucrania, la persistencia de la amenaza rusa y la incertidumbre sobre el compromiso estadounidense exigen una respuesta coordinada y creíble. La discusión no es meramente contable: es estratégica. La discusión no es meramente contable: es estratégica. La disuasión, incluida la nuclear, forma parte del equilibrio que ha garantizado la paz europea durante décadas. Cuestionar ahora ese marco, y hacerlo en un foro internacional, proyecta una imagen de ambigüedad que debilita la posición común. España no puede permitirse una soledad imprudente.