En la primera mitad del siglo XX muchos autores comprometidos con las vanguardias dieron un golpe de timón (y no solamente en la música), volviendo a una solución objetiva contra el subjetivismo romántico o el sensualismo impresionista, buscando además la transparencia de las texturas clásicas, la inspiración y su refinamiento. La 'Sinfonía nº 1' en Re mayor op. 25 «Clásica», de Prokofiev es uno de los ejemplos más conocidos, y en ella encontramos -además de esta vuelta a la estética de la segunda mitad del XVIII- que este regreso no sería a costa de olvidar muchos de los logros conseguidos en el siglo XX en cuanto a armonía, tonalidad, melodía o ritmo. Por eso, esa búsqueda de la claridad textural que presenta esta sinfonía de Prokofiev albergaba los mismos peligros que una de Mozart o de Haydn: no había donde esconderse, ya que oímos unas melodías y un acompañamiento que, si no se articula de manera minuciosa, el resultado puede ser el barullo. Pero no ocurrió así, porque se había trabajado sobre especialmente este aspecto , como también los enormes saltos interválicos del primer tema, cada vez más ajustados, hasta sonar prácticamente perfectos sobre un pensativo fagot de fondo. Algo más destemplados en el segundo movimiento, se mantuvieron bien en la bulliciosa 'Gavotta' , siendo sobrepasados por el 'Molto vivace' final que, efectivamente, fue demasiado vivaz para conseguir unas escalas sincrónicas de verdad. A veces es preferible no respetar tan minuciosamente las indicaciones (que por otra parte ya nos parecieron más rápidas de lo habitual) en pos de lograr claridad en la articulación y ajuste. De cualquier forma, fue una interpretación bastante gozosa, que nos preparaba para la siguiente pieza. Si alguien conoce a fondo a Shostakovich , sobre todo en su música de cámara, es el maestro Michael Thomas . Así que había dispuesto convenientemente la orquesta para el 'Concierto nº 2 para piano' en Fa mayor op. 102 , a cargo del onubense Iván Macías que, apenas empezar ya nos mostraba su soltura, fraseo claro y un control de las dos manos suficiente como para conseguir escalas cromáticas muy bien conjuntadas que prácticamente nos llevaron al segundo tema. En la ' cadenza ' disfrutamos de un diálogo de las dos manos, de naturalidad y gran independencia entre ellas. Al terminar el movimiento la velocidad de la orquesta y la del pianista sufrieron un pequeño desfase, solventado por el maestro Thomas. El segundo movimiento tuvo un momento iluminado en una cuerda que, moviéndose en una zona central común, nos condujo hacia el solista con un gran equilibrio y un sonido muy terso. El tema principal nos sonó directamente a cine, dotado de un gran romanticismo, expresado con gran acierto por el pianista. Y casi sin solución de continuidad alcanzamos el último movimiento, en el que destacamos otro pasaje de las dos manos de gran virtuosismo, mérito aumentado por aplicar una técnica de dedos, es decir, sin la flexibilidad y la implicación del cuerpo entero, algo extraño porque es joven para recurrir a una técnica de pianistas de generaciones anteriores; sin embargo, él la aplica sin que se noten cortes o tirones. Para la orquesta también fue complicado, al tener que mantener un convulso ritmo amalgamado, sincopado, que se consiguió muy bien, lo que supuso un apoyo más que un peligro. Como propina nos anticipó una composición para un musical sobre el tema de Carmen (ajeno por completo a la ópera de Bizet), hilvanando diversas secciones muy variadas, amparadas en distintos palos flamencos, lo que es una buena idea, aunque con armonías esperadas (él mismo reconoció una evidente vocación comercial); sin embargo, nos parece que a día de hoy ganaría con otras armonías más coloreadas. Para terminar, nos ofrecieron la 'Sinfonía nº 5' en Si bemol mayor D.485 de Schubert , en la que nos parece que la plantearon al revés de como se suele hacer: en vez de centrarse en la pieza que ocupa la segunda mitad del programa, lo hicieron en las de la primera parte, seguramente por optimizar el tiempo, ya que la sinfonía de Schubert es más popular que las anteriores. Las texturas diáfanas habían cedido el paso a otras más confusas y la labor de los violines no conseguían encontrar la precisión de la primera mitad del programa. Destacamos el trabajo de las trompas en el tercer movimiento y la flauta en todo el programa.