Después de la tempestad, siempre, llega la calma. Con esta premisa, la Virgen de la Salud del Convento de San Clemente ha recorrido este domingo las calles del Casco Histórico en una mañana de sol con el permiso de la borrasca Marta, aunque todas las miradas siguen puestas en el río Tajo a su paso por la ciudad; un tema de conversación en los corrillos previos a la procesión. La religiosidad popular toledana tiene poso y peso en las hermandades letíficas que como la de la Virgen de la Salud atesoran un patrimonio desconocido que se empieza a recuperar por la inquietud de un reducido grupo de jóvenes con sensibilidad y gusto, como el vestidor Hugo Cañas, lo que ha permitido que esta devoción conventual se haya presentado a los fieles con suma delicadeza. Los rayos tímidos del sol han puesto la mejor luz de Toledo a la Virgen de la Salud, ataviada con un conjunto, «de los mejores que tiene», tal y como indicaba el que durante décadas fue hermano mayor, Rafael Rodríguez, que ahora ha cedido el testigo a su hijo, también Rafa. Esa luz reflejada en los bordados en oro del manto ha sido la imagen de la reconciliación de la ciudad con sus hermandades y cofradías. No todo está perdido. En la comitiva, representantes públicos y el párroco de Santa Leocadia, Emilio Tacero, que tras la procesión ha presidido la eucaristía en el templo conventual, cuna del mazapán y en el que en el siglo XVIII vivieron las infantas María Teresa y María Luisa de Borbón y Vallabriga, hijas del infante don Luis de Borbón, último vástago del matrimonio formado por el rey Felipe V e Isabel de Farnesio. El culto externo de la Virgen de la Salud ha recuperado su esplendor estético, aunque este tipo de manifestaciones públicas de fe ya tan solo concitan el interés de una feligresía que envejece sin relevo generacional, al menos, en el barrio antiguo de la ciudad.