El pasado jueves mi corazón se rompió cuando Sara entró en mi consulta con la cara llena de cortes por cristales. El año pasado falleció mi padre. Hace poco, mi padrino. Antes, mi hermano y mi abuela. Y cuando veo en las noticias un accidente de tren con víctimas mortales, no puedo evitar pensar que alguien acaba de quedarse sin padre, sin hermano o sin hijo. Que Dios se ha llevado una parte esencial de su vida. Sara vino tras el doble accidente ferroviario de Adamuz. Media cara destrozada por los cristales, los ojos amoratados y ensangrentados, contusiones por todo el cuerpo y una herida infinitamente más profunda en el corazón: la amiga con la que viajaba había fallecido. Sara está a punto de casarse, y el momento más feliz de su vida ha quedado ensombrecido por esta tragedia. Su madre me preguntó si podía ayudarla a conseguir una cita con un psicólogo. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿cómo es posible que, cuatro días después de un accidente así, no haya recibido todavía atención psicológica? ¿Cómo es posible que en este país la demora para ver a un psiquiatra sea de meses? ¿Dónde está la coherencia política? Como advertía Marcel, «cuando uno no vive como piensa, acaba pensando como vive». ¿Es aceptable que, tras denuncias reiteradas, no se mantengan las vías del tren de forma profesional? ¿Es aceptable que, tras una dana en la que no se tomaron las medidas preventivas adecuadas, sigan sin tomarse en otros lugares, como en Barcelona, donde ya hemos sufrido dos descarrilamientos?, ¿que no se apliquen las recomendaciones de los expertos en infraestructuras, en energía, en prevención y tengamos que resignarnos a apagones y accidentes evitables? ¿En qué país cabe que, después de una pandemia como la del covid, gestionada de forma escandalosamente deficiente, no haya cambiado nada de fondo? ¿Cómo es posible que, tras tres huelgas médicas, las condiciones de los profesionales que nos salvaron (y siguen salvando) la vida continúen siendo tan precarias? ¿Qué cuidado real les estamos mostrando? Los expertos llevan años advirtiendo del riesgo del abandono del medio rural y de la falta de prevención, y aun así volvemos a sufrir incendios devastadores cada verano. Las tragedias siempre son duras de asumir, pero me hierve la sangre al saber que muchas muertes se podrían haber evitado. ¿A dónde va el dinero de nuestros impuestos? Desde luego, no llega a Sara. Ni a la madre de su amiga. Ni al médico que la atiende en diez minutos, sin un estatuto marco digno. Ni a los planes de prevención imprescindibles para evitar tragedias anunciadas. Sara se levantó y se fue de la consulta. «Nos vemos la semana que viene», le dije. Cada día, desde el accidente, le extraen tres o cuatro cristales de los ojos. Rezo por Sara, por todas las víctimas y por sus familias. Y deseo, de verdad, que alguien introduzca ya un poco de cordura –y, sobre todo, de coherencia– en este magnífico país. Enrique Jaureguizar. Madrid