«Dios me salvó para hacer a Estados Unidos grande otra vez». Hace hoy un año, Donald Trump pronunció estas palabras desde el Capitolio de Washington. Era el día de su segunda investidura como presidente y el multimillonario se acordaba del intento de asesinato que había sufrido en verano, en plena campaña, del que salió vivo de milagro. Trump cubría con un manto divino su programa político. Era la primera señal de que Trump se comportaría como algo diferente a un presidente. En los doce meses que han pasado desde entonces, lo ha demostrado con creces. Dentro de EE.UU., sus críticos le acusan de actuar como un rey, como un dictador. Más allá de sus fronteras, le temen como a un presidente-emperador, con ambiciones territoriales desconocidas para EE.UU. en más de un siglo. Antes de que jurara su cargo hace un año, ya había ha blado de expandir la soberanía territorial de la primera potencia mundial . Recuperó su vieja idea de anexionar Groenlandia. Soliviantó a los vecinos del norte con su exigencia de que Canadá sea el 51º estado del país. Requirió a Panamá que devuelva a EE.UU. el canal, algo en lo que insistió en su propio discurso en el Capitolio. Trump abría una nueva dirección para su lema político, MAGA ('Make America Great Again'), 'Hacer a América grande otra vez'. También, al parecer, más grande en lo territorial. Era algo que entonces no se tomaba demasiado en serio, no encajaba en la línea aislacionista propia de las bases MAGA de Trump: la clase media y trabajadora deteriorada por la globalización, harta de que sus fábricas se hayan ido a Asia, harta de que sus jóvenes murieran en guerras en desiertos lejanos, de Irak a Afganistán. Pero, aunque no muchos repararon entonces, Trump ya enseñó esa pata desde su discurso inaugural. «EE.UU. volverá a ser considerada una nación que crece», prometió. Entre los rumbos de crecimiento, dijo que EE.UU. «expandirá su territorio» y «llevará su bandera a horizontes nuevos y bellos». Nada de eso suena ahora a broma, con la sacudida de la captura de Nicolás Maduro en Caracas todavía fresca en la memoria. Y también con lo que vino después: el anuncio de que EE.UU. está ahora «al mando» de Venezuela y el objetivo indisimulado de controlar su petróleo. Esa intervención militar, tan audaz como formidable en su ejecución, ha cambiado la forma en la que el mundo mira las ambiciones territoriales de Trump. En especial, con la obsesión más actual de Trump: Groenlandia . Su exigencia de adquirir o anexionar la isla en el Ártico está poniendo en vilo la relación estratégica, económica y militar en la que se ha basado el orden mundial desde la Segunda Guerra Mundial: la de EE.UU. con sus aliados europeos. Trump ha dicho hace unos días que tiene una necesidad «psicológica» de quedarse con Groenlandia, un territorio bajo soberanía de un aliado histórico, Dinamarca . Ha amagado con la opción militar y ha atizado con el arma con la que es de gatillo rápido: los aranceles, con tasas a varios países europeos -entre otros el Reino Unido y Alemania- que han cooperado militarmente en Groenlandia con Dinamarca. Con ello, Trump muestra que no le incomoda dinamitar las relaciones trasatlánticas para quedarse con Groenlandia. Justifica que necesita la isla por su importancia geoestratégica, por seguridad nacional, para que no caiga en manos de China o Rusia. Y por sus ingentes recursos naturales. Pero es evidente que los objetivos militares y económicos los podría alcanzar a través de una cooperación a la que Groenlandia, Dinamarca y los europeos no se oponen. Quizá su capricho por la isla tenga que ver con el tamaño: sería la mayor adquisición de territorio de una tacada en la historia de EE.UU., por encima de la compra de la Luisiana -el enorme territorio en el centro del país que fue domino español durante unas décadas- a Francia por parte de su antecesor Thomas Jefferson . El nuevo imperialismo de Trump ha puesto sobre aviso a otros países en la región. Ha amenazado con intervenciones a aliados históricos como Colombia, a vecinos como México, a rivales como Cuba. Todo dentro de una nueva formulación de la Doctrina Monroe -'Doctrina Donroe', como el propio Trump la llama- de controlar el continente americano. Ese expansionismo ocurre en medio de cuestionamientos sobre la legalidad de algunas operaciones internacionales de Trump, como la campaña de ataques a narcolanchas. El presidente de EE.UU., es evidente, desprecia cualquier atadura legal que le separe de sus objetivos. Tanto fuera como, sobre todo, dentro de sus fronteras, en un primer año de su segundo mandato en el que muchos en EE.UU. ven una amenaza a su democracia. Trump se ha preocupado de fomentarlo con mensajes e imágenes provocadores. «Aquel que salva a su país no viola ninguna ley» , escribió en su red social a mediados de febrero, cuando todavía no llevaba un mes en el cargo. Es una frase atribuida a Napoleón y una enmienda a la totalidad en un sistema democrático. Era en un momento en el que estiraba a su antojo las competencias del presidente: eliminación de supervisores independientes, congelación de fondos autorizados por el Congreso, entierro de agencias creadas por el poder legislativo, despido de inspectores generales… Trump y sus aliados defienden una interpretación de la Constitución, la llamada teoría del Ejecutivo unitario, en el que el presidente no tiene que estar sometido a ningún límite en su poder, un deterioro del sistema de 'checks and balances', controles y equilibrios, con el que se articula la democracia estadounidense. Esa concepción del presidente se parece más a la de un monarca absolutista. No ha llegado a decir 'el Estado soy yo', pero sí ha defendido que su victoria en las urnas en 2024 «nos da derecho a hacer lo que queramos para hacer grande a este país». Y, en una reciente entrevista con 'The New York Times', aseguró que los únicos límites que aplica a su acción como presidente son «mi propia moral, mi propia mente. Es lo único que puede pararme». En este año, Trump ha roto cualquier apariencia de independencia en la Fiscalía -ha puesto al frente a sus propios abogados personales- para cobrarse venganza con enemigos políticos; ha utilizado la fuerza de los reguladores para atacar a medios incómodos; ha desplegado al Ejército en ciudades demócratas sin un nivel de disturbios que lo justifique; ha incumplido autos judiciales; ha cortado la financiación federal a universidades por motivos ideológicos y ha asaltado a organismos cuyo gran valor es la independencia, como la Reserva Federal. Allí ha llevado su guerra contra su presidente, Jerome Powell, hasta una investigación criminal. Decenas de batallas judiciales están pendientes de resolución, con un Tribunal Supremo como último resorte, pero con jueces inclinados a su favor (de los nueve magistrados, seis son conservadores y tres los eligió él). La oposición ha reaccionado con las movilizaciones 'No Kings' -'No a los reyes'-, pero Trump se ha reído de ellos. En varias ocasiones, ha compartido memes de él convertido en monarca. «¡Larga vida al rey!», escribió en una ocasión, tocado con una corona. De forma paradójica, esta versión de Trump entra en su segundo año de mandato con un gran aniversario en ciernes: 250 años de la Declaración de Independencia , de la ruptura con la Corona británica. Fue el primer paso para la creación de la democracia más estable y longeva del mundo, ahora en un camino incierto.