Groenlandia se ha convertido, inesperadamente, en el epicentro de una disputa geoestratégica que pone a prueba no sólo el orden internacional, sino la credibilidad de Europa como actor político y militar. En un contexto de creciente desorden global, la insistencia del presidente Trump en adquirir –o llegado el caso, tomar– este territorio autónomo danés constituye un desafío directo a los principios fundamentales sobre los que se sustenta la estabilidad europea. Europa ha aprendido, a lo largo de su historia, que las fronteras no deben modificarse ni por la fuerza ni unilateralmente. Pretender disfrazar la apropiación de Groenlandia como una cuestión de «seguridad nacional» carece de legitimidad, sobre todo si con ello se pretende ignorar el marco legal que rige las relaciones internacionales. El respeto a la soberanía no es negociable, menos aun cuando afecta a un Estado miembro de la OTAN. Pero no debemos cerrar los ojos ante una realidad política cada vez más compleja. Lo que se está configurando es un chantaje geopolítico que amenaza con fracturar la cohesión tanto de la Unión Europea como de la Alianza Atlántica. Trump no sólo ha señalado su objetivo, también ha detectado la fisura. La dependencia estratégica europea respecto a su país en el frente oriental –con Ucrania en el epicentro– es su baza. En círculos diplomáticos se empieza a hablar de un trueque implícito: paz en Ucrania a cambio de Groenlandia. Para enfatizar el aspecto transaccional, Washington ha puesto precio a la isla: 700.000 millones de dólares. El desequilibrio entre las ambiciones de Trump y la debilidad de Europa nunca ha sido tan evidente. La respuesta militar europea, hasta ahora, ha sido puramente simbólica. El despliegue en la isla se reduce a una presencia testimonial, que Trump ha ridiculizado con sarcasmo: «Un perro más en el trineo». Europa sigue convencida de que su principal disuasión es política. Pero eso se demostró ilusorio con Putin y ahora se repite. Mientras tanto, la OTAN enfrenta una paradoja : ¿cómo reaccionaría ante una invasión estadounidense , siendo tanto Dinamarca como EE.UU. miembros fundadores? Defender el artículo 5 en ese caso sería, simplemente, imposible. El primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, ha sido claro: «Preferimos seguir con Dinamarca que unirnos a Estados Unidos» Aunque existen movimientos autonomistas en la isla, la voluntad predominante no es romper con el Reino danés, sino avanzar hacia una mayor autodeterminación. Y es precisamente esa posibilidad la que evidencia la fuerza del marco europeo: Groenlandia puede debatir su futuro porque lo hace dentro de un sistema que respeta los derechos. Pero sucede que el principal defensor de ese ecosistema –que ha sido EE.UU.– se ha vuelto contra él y Europa no sabe qué hacer para sustituir su función. Una de las lecciones de esta crisis es que la debilidad europea no sólo expone sus flancos a sus enemigos, sino que permite que incluso aliados tradicionales –como Estados Unidos– exploten esa vulnerabilidad para redibujar el mapa a su conveniencia. Ya lo vimos cuando Trump utilizó la guerra comercial como instrumento de presión. Es hora de que los líderes europeos abandonen la ilusión de que las crisis se resuelven solas. Defender Groenlandia es hoy mucho más que una cuestión territorial: es un test decisivo para la coherencia del proyecto europeo. Es momento de actuar con firmeza e inteligencia: respaldando a Dinamarca, reforzando de forma tangible la presencia europea en el Ártico y enviando un mensaje inequívoco a Washington: la seguridad atlántica no se garantiza atropellando la soberanía de los aliados.