Las pantallas forman parte de la vida de nuestros hijos. Están en casa, en el colegio, en los planes con amigos … y también en nuestros bolsos, bolsillos y rutinas. Hoy más que nunca, el reto no es eliminar las pantallas, sino evitar que nuestros hijos se conviertan en sus esclavos. Y eso implica enseñarles a usarlas de forma consciente y acompañada, y por supuesto sin dejar que sustituyan lo esencial: el juego, el movimiento, la conexión real, la creatividad. Porque cuando una pantalla lo es todo… el resto del mundo se apaga. Y para lograrlo, recuerda Sonia Martínez Lomas, psicóloga especialista en inteligencia emocional y técnico superior en Educación Infantil, fundadora de los centros Crece Bien, hay algo que como padres no podemos olvidar: el ejemplo . «No podemos pedirles que desconecten si nosotros estamos siempre disponibles para una notificación de WhatsApp o una llamada. Si queremos que regulen su uso, también necesitamos revisar el nuestro. Nuestros hijos no solo nos escuchan... nos observan. Y ahí, sin darnos cuenta, les estamos enseñando cómo se vive, cómo se cuida uno, y también cómo se descansa del mundo digital». En cualquier caso, más que pelear contra las pantallas, en Crece Bien insisten en que e l objetivo real es acompañar . «Acompañar para que aprendan a usarlas con calma, con criterio y sin perder lo más importante: su bienestar emocional. Y hay algo que ayuda muchísimo y casi nunca se tiene en cuenta: cómo se sienten después de usarlas», señala Martínez Lomás. Según este experta, hay una forma de medirlo: «cuando un niño termina de ver una pantalla y está tranquilo, conectado y de buen ánimo, suele indicar que ese tiempo ha sido adecuado. Pero si después de usarla está nervioso, irritable, con prisa por volver, muy disperso o frustrado… ahí el cuerpo nos está diciendo que toca reajustar. No es magia, por tanto. Es observación. Y además, asegura, es una forma preciosa de enseñarles autocuidado. Ahora bien, más allá de las emociones, aclara esta psicóloga, «la edad importa muchísimo. Las necesidades de un niño de 4 años no son las mismas que las de uno de 12, y tampoco tiene sentido exigir a un adolescente que use las pantallas como un niño pequeño». Esta sería, a su juicio, una guía orientativa para tener rumbo claro: Y así lo aconsejan desde la Asociación Española de Pediatría (AEP), para quien que no debería exponerse a los niños a los dispositivos electrónicos hasta los 6 años. En esta etapa, indica la psicóloga de Crece Bien, «los menores necesitan mirar a personas reales, tocar, moverse, explorar, hablar…Las pantallas, aunque parezcan «inofensivas», quitan tiempo de todo lo que realmente construye su cerebro». La recomendación de la AEP sigue siendo cero, pero si sucede, prosigue Martínez Lomas, que sea siempre de «contenido educativo y siempre con un adulto cerca que pueda comentar lo que están viendo. Lo importante es que recomerdemos que la pantalla no debe sustituir nunca el juego libre, el movimiento, la imaginación». Empiezan a entender normas, tiempos y consecuencias. Aquí es muy útil enseñarles a regularse, no solo a obedecer. Si notas más distracción, somnolencia, o que prefieren pantallas a jugar, es momento de frenar un poco. Esta edad es clave: quieren más libertad, pero aún no están preparados para gestionar solos ciertos contenidos. Pueden aparecer problemas de sueño, bajadas de rendimiento o aislamiento si el uso es excesivo. Más que controlar el tiempo, toca hablar: qué ven, con quién hablan, qué sienten. Es cierto que aquí la pantalla ya no es solo entretenimiento: es identidad, relación social y pertenencia. «Pero las redes pueden generar comparación, presión o ansiedad. Por eso lo más importante no es el cronómetro , sino tener conversaciones reales sobre bienestar digital«, reitera esta experta. Al final, el objetivo no es controlar… es acompañar. «Que aprendan a reconocer qué les sienta bien y qué no. Que puedan parar sin enfadarse. Que entiendan que las pantallas son herramientas, no refugios. Y que el mundo real —sus amistades, su familia, su cuerpo, sus juegos— sigue siendo su espacio más seguro», concluye Martínez Lomás.