Escrita entre los años 1901 y 1902, la Quinta sinfonía de Gustav Mahler , siendo una de las más célebres, y más programadas partituras del compositor, sin embargo hasta hoy no había sido interpretada por la OCV . Tendría que haber sido dirigida por el director suizo Philippe Jordan, lo que significaba su debut en Les Arts, pero por problemas de salud asumió el compromiso el titular del teatro, Sir Mark Elder , que como era de esperar, fue salvado con éxito incontestable en un auditorio que colgó el cartel de «no hay billetes». Son poco habituales en la actualidad, por no decir muy escasos, los directores que se metamorfosean en función de las características de la obra que dirigen (Bernstein, Abbado…), y en general las batutas aplican una suerte de filosofía personal, más bien inamovible, a las partituras que abordan. Elder no es una excepción y su idea de control absoluto y deconstrucción temática la lleva a gala llueve, truene o relampaguee. Un control y disección que desemboca en una transparencia musical , sin escatimar el robusto sonido que demanda y obtiene de la orquesta pues la gran formación valenciana entre sus muchas virtudes es la ductilidad. Esto lo logra Elder, evidentemente, a través de la alteración dinámica de las muchas capas que presenta la partitura, y por medio de la ralentización de los tempi, con el fin de espaciar el terreno en el que trabajar, para y que quepan, sin apreturas, todas las piezas. En ocasiones esta visión es deslumbrante y prueba de ello hemos tenido en los Shostakóvich ofrecidos (sinfonías 4 y 5), o en la Canción de la Tierra mahleriana, tres interpretaciones, sin duda, para el recuerdo. Sin embargo, la Quinta es harina de otro costal pues siendo por primera vez una sinfonía «sin programa conceptual» en el catálogo del compositor bohemio, es pura expresión, y por momentos una sinfonía «esquizofrénica» como acertadamente cita Pérez de Arteaga en su volumen dedicado al compositor. El resultado, siendo incontestable en cuanto a la calidad de lo escuchado, quizás puedan ser discutido en el concepto. Esa obsesión por destacar motivos secundarios y situarlos en planos sonoros próximos al motivo principal por el que transita la sinfonía, en ocasiones distrae del hilo de la narración, principalmente en los dos primeros movimientos a los que Mahler los dota de una enorme carga emocional, Mit gröbster vehemenz (con una gran vehemencia) anota para el segundo de estos, que no puede tambalear por mor de destacar hallazgos armónicos escondidos. Por momentos faltó cierta ligereza rítmica para seguir la narración. No es preciso ir a ejemplos paroxísticos como las también cuestionables lecturas de Hermann Secherchen por su excesiva velocidad, sino que podemos acudir, entre otras, a Karajan con la Filarmónica de Berlín o Bernstein con Viena, ambas de gran coherencia temática. El tercer movimiento, scherzo, es un mundo aparte, hasta tal punto que algunos compositores como Klemperer eran renuentes a interpretarlo o el citado Scherchen literalmente lo reducía, tijeretazos inadmisibles mediante, a poco más de seis minutos. La lectura de Elder un memorable ejercicio de sofisticada contención siempre con la colaboración de un sensacional Bernardo Cifres a la trompa solista. Bien es cierto que, de nuevo, una mayor ligereza en el tempo escogido hubiese dado una mayor gracia a un movimiento que es un vals. El «no demasiado rápido» que anotaría Mahler, Elder lo lleva quizás demasiado lejos. Quedará, eso sí, en la memoria de quien escribe estas líneas el central solo «a capella» de la trompa , la réplica de los violonchelos y el inicio de los célebres pizzicatti de la cuerda, pasaje donde Elder literalmente detiene el tiempo. Solo por ese instante conmovedor vale la pena haber acudido esa tarde al auditorio. Así como en el adagietto, de alguna forma un anticlímax en la sinfonía, y que el maestro, aquí sí mostró más flexibilidad en los tempi pues comenzó curiosamente ligero para ir deteniendo progresivamente el tiempo, no obstante, obviando cualquier clase de afectación lo que se agradece en este célebre movimiento. El movimiento de cierre, un rondó anotado como giocoso, no lo fue tanto y volvió a mostrar las virtudes en los pasajes fugados, pero también los aspectos más debatibles ya citados, culminados por una coda que más monumental y arquitectónica que desenfadada y festiva. La OCV que, como decíamos, interpretaba esta obra por primera vez, demostró, una vez más un excelente estado de forma, con unos solistas sobresalientes entre los que hay que citar además de al citado Cifres, a un magistral Rubén Marqués , en la trompeta, que con gran temple se creció tras un leve desliz en una nota al inicio del tour de force que es esta larga y expuesta partitura para su instrumento. En definitiva, una lectura la del maestro británico que no me llevaría a la tumba pero que contó con innumerables instantes de enorme calidad . ------------------------------------------------------------------------------------- Sabado 3 de Enero de 2026 Auditorio del Palau de Les Arts Gustav Mahler, Quinta Sinfonía Orquestra de la Comunitat Valenciana Sir Mark Elder, director musical