Alos noventa años, Julio María Sanguinetti sigue llegando temprano a las citas y tarde al pesimismo. En su rica biografía hay tres líneas que se mantienen y que lo convierten en una de las grandes figuras del mundo en español: su lealtad a la democracia representativa, su devoción por las ideas y la palabra y una amistad entrañable con España. Fue el primer presidente constitucional del Uruguay tras la dictadura, entre 1985 y 1990, y volvió a serlo por otro quinquenio en 1995. Administró el tránsito delicado entre una dictadura exhausta y una democracia. Prefirió el acuerdo imperfecto a la victoria humillante, convencido de que un país sale mejor de la noche autoritaria cuando nadie puede sentirse aplastado. Sanguinetti rechaza el caudillismo que tanto seduce en Hispanoamérica y desconfía de los salvadores que prometen regenerarlo todo a golpe de plebiscito o de red social. Para él la democracia es un sistema de reglas que protege a los ciudadanos de los caprichos del poder, incluso cuando esas reglas resultan incómodas para los gobernantes. Antes y después de la presidencia, Sanguinetti ha sido un hombre de letras y un orador extraordinario. Periodista, ensayista e historiador, su obra acompaña y explica el itinerario de su país y de la región. No para ajustar cuentas, sino para ordenar la experiencia: fechas, contextos, diálogos, dudas. En sus libros se cruzan los retratos personales con la reflexión serena sobre el poder, la memoria y la fragilidad de las instituciones. Para el lector español, esas páginas no son la crónica de una transición ajena, sino un espejo incómodo. En ellas se reconoce la fragilidad de toda democracia, también de la nuestra, y la importancia de un pacto a tiempo, de cerrar heridas sin abrir otras, de la moderación frente al desquite. Sanguinetti recuerda que las grandes palabras –libertad, justicia, reconciliación– solo valen cuando se traducen en instituciones, procesos y acuerdos que resistan el paso de los años. Cuando habla en público, Sanguinetti lo hace como escribe: con calma, dejando que una ironía suave rebaje la solemnidad y que alguna digresión literaria ponga en contexto la coyuntura del día. No busca la frase viral ni el aplauso fácil; aspira a convencer, a poner orden en la confusión, a recordar que la política es un oficio que exige estudio, memoria y sentido del límite. Sus conferencias vuelven una y otra vez a mensajes básicos: la necesidad de partidos sólidos, el respeto a las reglas del juego y la defensa de la libertad y la convivencia frente a la polarización. En un continente tentado por los atajos personalistas, escuchar a un expresidente reivindicar la moderación y el pacto tiene algo de acto de resistencia. Por eso, cuando Sanguinetti habla de las crisis actuales, no lo hace con nostalgia de un pasado idealizado, sino con la serenidad de quien ha visto caer democracias sólidas y levantarse otras que parecían imposibles. La relación de Julio María Sanguinetti con España se ha tejido en viajes y conversaciones, en foros compartidos al servicio de la causa iberoamericana; y se ha expresado en una defensa constante de la Transición española y en el elogio de sus protagonistas. España le abrió sus tribunas, sus universidades, y él respondió recordando públicamente el respaldo que la oposición democrática uruguaya recibió de Don Juan Carlos en una visita oficial al Uruguay todavía bajo gobierno militar, así como el apoyo sostenido de la Corona a la comunidad iberoamericana, de la que Sanguinetti es un firme defensor, resaltando la importancia de la lengua que compartimos y la necesidad de que el mundo hispánico se piense a sí mismo más allá de tópicos y complejos. En esa relación hay una mezcla de gratitud, complicidad y mirada crítica que solo se da entre amigos de verdad. Sanguinetti ha sabido leer, con atención cercana, los vaivenes de la política española: la tentación del populismo, la erosión del sistema de partidos, la fatiga de las generaciones que no vivieron la Transición. Por eso su voz resulta especialmente valiosa: porque habla con un afecto sin ingenuidad, con la memoria de lo que costó recuperar la normalidad democrática a un lado y otro del Atlántico. A los noventa años, Sanguinetti sigue activo como quien prolonga una conversación que empezó hace mucho y no quiere dar por concluida. Su vida no cabe en una etiqueta: es el político que devolvió la normalidad a su país, el escritor que dejó constancia de esa travesía y el conferenciante que ha explicado, una y otra vez, por qué la democracia es frágil pero insustituible . En este tiempo rápido y desmemoriado, no es poca cosa poder celebrar a un político de raza, un amigo de España, un hombre que ha convertido la política en una forma de responsabilidad y la palabra en una forma de servicio.