Vivir la Navidad lejos de la patria y los seres queridos suele despertar sentimientos que tienen que ver con la nostalgia, incluso con la tristeza. Bien lo saben quienes, por vocación de servicio o por obligaciones profesionales, así lo han vivido. Surgen entonces sentimientos de hermandad con quienes comparten la misma situación y creencias. El caso de los soldados en tiempos de guerra quizá sea el más significativo, el más conmovedor. Sirva de homenaje a todos ellos la transcripción del relato que el teniente Martín Cerezo dejó escrito sobre la Navidad de 1898, durante la defensa de Baler, Filipinas, tras seis meses de asedio, en el curso de la guerra de España y EE.UU. «Llegó la Nochebuena, esa fiesta de la intimidad que tantos recuerdos evoca en todos los hogares cristianos, y nos dispusimos a celebrarla con estrépito. Dispuse que a la tropa se le diera un extraordinario de calabaza, dulce de cáscara de naranja y café. Habíamos hallado en la iglesia buen golpe de instrumentos de la música del pueblo, y ordené repartirlos: cual una flauta, el otro con el bombo, aquellos con tambores, clarinetes…, y los demás, porque no hubo para todos, con latas de petróleo. No es para dicho el estruendo que se armó en la velada. Enronquecían desde las trincheras enemigas voceándonos todo linaje de improperios, diciendo que ya vendrían los lloros, que allí habíamos de morir. Y nosotros, redoblando la desacorde algarabía, procurábamos disipar la tristeza de nuestras almas pensando en que aún valíamos para enfurecerles, aún había cartuchos para continuar defendiéndonos, y aún seguía en la torre, a despecho de tempestades y de lluvias, de angustias y violencias, la bandera de nuestra patria infortunada». Feliz Navidad. Manuel Sierra. Coronel de Infantería (R) Pamplona (Navarra) No es cuestión de protocolo ni de corrección política; tampoco un debate semántico, sino una cuestión de verdad. El 25 de diciembre es Navidad. Y la Navidad tiene nombre, rostro e historia: el nacimiento de Jesucristo. Cuando estos días se desea un tibio «felices fiestas» conviene recordar que no celebramos un paréntesis invernal, unas vacaciones, ni un cambio de luces en las calles. Celebramos que Dios ha entrado en el tiempo. Que el Eterno ha querido tener fecha en el calendario y cuna en la tierra. Y eso, aunque a algunos les incomode, es profundamente cristiano. Ignacio de la Oliva. Madrid