Cuando hablamos de autoestima, solemos pensar en cuánto nos queremos y valoramos, en esa forma de hablarnos que yo llamo autolenguaje, que nos dice «sí puedes» o «no eres suficiente»… Pero detrás de esa autoestima, de lo que creemos que somos o no, de lo que creemos que podemos o no, hay que ver cómo influye la personalidad, formada por la educación y el entorno cuando éramos pequeños y por la genética. A su vez, la autoestima termina decidiendo y moldeando la forma en que nuestra personalidad se expresa con los demás y en lo que hacemos. Las distintas educaciones y apegos en la infancia pueden hacer que nos expresemos, por influencia de la autoestima, con mucha seguridad y poca o nula ansiedad, o todo lo contrario. Fijaos en lo importante que es todo lo que ocurre en la infancia a este nivel y cómo luego lo vamos manifestando en nuestras vidas en forma de necesidad de aprobación, necesidad de reconocimiento, necesidad de cariño, vulnerabilidad a la manipulación, estancamiento laboral, por ejemplo… o todo lo contrario, si hay una buena autoestima. Y bueno, yendo al grano: nuestra personalidad, el cómo somos realmente, es como somos cuando somos espontáneos , sin que le dé tiempo a ningún filtro o norma interiorizada a alterar o cambiar lo que esa espontaneidad estaba decidiendo. Cuando me preguntan en la consulta «¿pero yo cómo soy?» o «no sé de verdad cómo soy», siempre digo esto: eres el espontáneo que aparece, ese eres realmente. Luego te criticas, te juzgas, te prohíbes… En fin, ya lo sabes tú, ¿no? Nuestra personalidad es la forma de ser, la que nos acompaña siempre: hay quien es extrovertido, quien prefiere la tranquilidad, quien se organiza hasta en los mínimos detalles, quien disfruta improvisando, quien es buena persona o no, quien es protector, empático, egoísta, pesimista, positivo… en fin, y más. Estos rasgos nos vienen dados y no se pueden cambiar, pero sí modular, e influyen en la autoestima. Por ejemplo, alguien muy responsable y con perseverancia suele sentir mayor eficacia personal cuando logra objetivos y, así, su autoconfianza y autoestima crecen. Al contrario, un alto nivel de inestabilidad emocional puede hacer que una persona se perciba frágil o insegura, afectando su autoestima y quedándose «paralizada» por miedo al fracaso o a la crítica… ¡Es increíble! La forma de ser, la personalidad, es lo que en esencia somos: sin filtros, sin autocrítica, sin estrategias de comportamiento. Aunque la personalidad es la que dicta qué hacer o cómo hacerlo, la necesidad, la evitación… ahora vemos cómo la autoestima la manipula para que nos vengamos arriba o para que quedemos prácticamente anulados. Dos personas con personalidades muy parecidas, objetivadas a través de una prueba psicométrica como un test de personalidad, pueden comportarse de formas absolutamente distintas y sentirse diosas o miserables por culpa de la autoestima. La autoestima también determina la manera en que expresamos la personalidad. Una persona extrovertida con buena autoestima irradiará entusiasmo y cercanía . La misma persona, si atraviesa un momento de baja autoestima, puede retraerse, dudar de sí misma y esconder aquello que antes mostraba con naturalidad. La autoestima actúa como un filtro: no cambia quién somos en esencia, pero sí cómo nos atrevemos a mostrarnos. Y la autoestima viene marcada desde la infancia y hasta cambia por momentos, según logros, frustraciones, enfermedades, decepciones, halagos… Es maleable, aunque existe una base consolidada en general. Deberíamos aprender a valorarnos por cosas intrínsecas a nosotros, por la autovaloración, y no por causas ajenas. La personalidad y la autoestima se retroalimentan. La primera nos da predisposiciones; la segunda, seguridad o dudas para expresarlas. Si me valoro, me muestro tal como soy y, al hacerlo, obtengo experiencias que refuerzan mi autoconfianza. Si me infravaloro, limito mis conductas y eso me devuelve una imagen de mí mismo aún más pequeña. Debemos tratarnos con amabilidad. La clave está en aceptar nuestra personalidad y, al mismo tiempo, cuidar la autoestima que la sostiene. Ser auténticos, sin miedos y sin prepotencias, es la mejor versión de uno mismo: la que da tranquilidad a los demás y a uno mismo. Por ejemplo: -Una persona muy responsable se siente genial al cumplir objetivos, lo que alimenta su confianza. -Quien es más inestable emocionalmente puede ser más vulnerable a la autocrítica y a la inseguridad. -Con autoestima alta, se mostrará sociable, espontánea y segura. -Con autoestima baja, puede retraerse, dudar de sí misma y sentir miedo al rechazo. -En la amistad, alguien con buena autoestima se permite ser auténtico y elegir vínculos sanos. -En la pareja, la autoestima decide la manera de querernos a nosotros mismos y cómo amamos y ponemos límites. -En el trabajo, la autovaloración marca la diferencia entre animarse a proponer ideas o quedarse en silencio. La clave está en aceptar lo que somos y, al mismo tiempo, trabajar la autoestima, que es lo que nos permite expresarlo sin miedo.