El breve pero concentrado y virtuoso 'Concierto para la mano izquierda de Ravel ' es otra de esas obras maestras que incomprensiblemente aparecen «de uvas a peras» en los programas de mano de los auditorios, mientras otras son «sobreprogramadas». Una obra que, a pesar de su corta duración, es muy exigente técnicamente. Por esa infrecuencia tenía ganas de escuchar este concierto en vivo, y también por la protagonista del mismo, la pianista portuguesa Marta Menezes (Minde, 1988), una de las nuevas voces más talentosas del piano portugués y, añadiría, ibérico, que tan buen sabor de boca nos dejó en sus dos anteriores visitas también con la Orquesta de Valencia en el festival de música de Llíria y en el Palau de Les Arts durante los años del exilio forzado. Quien diría que Menezes se enfrentaba, por vez primera, a esta intensa y retadora obra pues el resultado fue brillante, una vez más. Las exigencias de este concierto que compuso Ravel entre los años 1929 y 1931 a alimón que el Concierto en Sol Mayor, para el pianista manco Paul Wittgenstein, hermano del influyente filosofo Ludwig y que perdió su extremidad en la primera contienda bélica no son pocas: intelectuales por su carácter introspectivo, lúgubre y a la vez épico y ensoñador, técnicas por ilusionista al escribir una obra para una sola mano pero que el oyente «engañado» debe percibir que son dos la que lo tocan, pero también físicas pues a la única mano útil se le pide un sobreesfuerzo para llevar a buen puerto este juego de equívocos. Solista y orquesta han de transitar en apenas veinte minutos por una gran cantidad de estados de ánimo, sin solución de continuidad, poniendo la técnica siempre al servicio del mensaje. No falta ni sobra nada en este concierto escrito para valientes. Se mostró muy segura en la articulación, como es habitual, la solista portuguesa desde ese temible inicio en el que el piano interrumpe con insolencia un poderoso clímax orquestal , en forma de larga y trágica cadenza en la que se ve claramente ese juego de prestidigitación pues tras unos poderosos acordes graves y unos arpegios emerge el tema cantábile con un contrapunto de los bajos y la única mano se ha de viajar de un lugar a otro del teclado. La segunda gran intervención más ensoñadora y típicamente raveliana, el piano de Menezes mostró su vertiente más inspirada y poética, demostrando un lirismo de alta escuela . Asimismo, como ya pudimos comprobar en sus conciertos anteriores, se trata de una pianista de gran claridad expositiva y de digitación precisa en las partes más rítmicas, como en el Allegro de cierto corte jazzístico y stravinskiano en que piano y orquesta se contestan sobre un ostinato de carácter marcial. La compleja y genial cadenza final, piedra de toque de la obra, en la que Ravel de nuevo no tiene piedad para quien solo puede valerse de un solo miembro, aconteció el momento mágico del concierto pues Menezes, en un alarde de virtuosismo creativo , logró crear, con mano maestra, en este caso nunca mejor dicho, una atmósfera envolvente de indudable modernidad, y que metamorfosea por distintos estados de ánimo de forma concentradísima, hasta desembocar precipitadamente en una brillante coda. Tanto los músicos de la orquesta como Pablo González , con una magnífica dirección en la que piano y orquesta se reparten papeles, contribuyeron con brillantez al éxito con una lectura de gran altura por parte de todos. El concierto también tuvo su propina, una obra contemporánea portuguesa, estreno en España , amable y que contrastó adecuadamente con esa tormenta emocional que es el concierto de Ravel. Tras un estupendo discurso sobre la obra que íbamos a escuchar, en el que demostró el director ovetense que es un orador excepcional, en la segunda parte se ofreció una versión muy personal y un tanto heterodoxa de la sinfonía Patética de Tchaikovsky , en la que director y profesores transitaron por los célebres pentagramas sin caer en un excesivo patetismo lacrimógeno, si no más en su carácter más agrio, aristado que triste y deprimente. Una Patética « diferente » a las que se suelen escuchar por vehemente, contrastada, en algún instante, hay que decirlo también, algo apresurada, aunque bien tocada por la orquesta en plena forma, y sus primeros solistas de trompa, clarinete, fagot, percusión... Una versión nada relamida, pero puede entender este crítico que no para todos los gustos, pues Pablo González en su lectura no se recrea en bellezas si no que se centra en el, hasta cierto punto, enigmático pathos de la obra. El éxito, eso sí, fue grande al igual que en el concierto raveliano, y el director asturiano premió levantando a todas las familias y a sus primeros atriles uno por uno. No se me olvida que el concierto se abrió con The Walk to the Paradise Garden del británico Frederick Delius , obra sin mayores pretensiones pero de carácter amable y evocador , perfecta para desconectar de la ajetreada y ruidosa vida de «ahí fuera» y ponernos en «modo concierto». ----------------------------------------------------------------------------------- Viernes de junio de 2025 Palau de la música de Valencia Obras de Delius, Ravel y Tchaikovsky Marta Menezes, piano Orquesta de Valencia Pablo González, director musical