El hechizo del ciclismo, su increíble magnetismo se expresa en la niebla que cubre el Angliru, en el atroz padecimiento de los ciclistas que quedan desperdigados por sus cuestas, en las tremendas rampas por las que un coche solo puede avanzar en primera marcha, los Picones, La Cueñas les Cabres, los Pelusines. Un puerto feroz que devora a los ciclistas, sus programas de entrenamiento, sus ilusiones. Se come a Ayuso, a Enric Mas, la motivación de Mikel Landa y sus Baréin, medio pelotón empujado porque no hay otra forma de subir... Solo sonríe el ejército amarillo, las camisetas del Jumbo que toman el poder en los últimos tramos, sufrimiento extremo. Roglic y Vingegaard se marchan, acosan a Sepp Kuss, que resiste como un titán, salva el maillot rojo por ocho segundos ante Vingegaard y no se rinde. En la meta, Roglic, quien hizo el destrozo, somete al gigante, gana en el Angliru y sigue soñando con vencer en Madrid.