De todos los análisis políticos que se hacen en este país, los que dan más repelús son los que califican a tal o tal territorio de izquierdas o derechas. Lo he oído de varias comunidades autónomas, de Baleares a Madrid. Estadistas concluyendo que esta zona es del PP y la otra es socialista … pero a veces gana otra cosa. Como si la inclinación política, el votar a un partido, fuera algo 'per se'. Inmutable. Como ser madre o hija. Se es animal o persona, hombre o mujer, blanco o negro. Se es lo que no puede cambiarse. El resto se tiene o no se tiene y por lo tanto puede ir y venir. El dinero, los amigos, la bondad, la belleza… Así hay ricos, pobres, buenos, malos, urbanitas, rurales, independentistas, regionalistas. Confundir estado con esencia es una estrategia publicitaria. También política. Porque se está al lado o enfrente, a favor o en contra, de una ideología; pero no se es la ideología. Marxista sólo era Marx, y algunas veces igual ni eso. Los marxistas están con él porque les gusta, porque les interesa, porque les va bien. Como con Trump, Macron o Meloni. Es el amor ideológico y, como el de pareja, también se acaba. Hasta tus convicciones más profundas pueden sorprenderte un día. He visto a gente cambiar de equipo de fútbol. No serían verdaderos seguidores, me dirán. Es la misma reflexión a la que llegaron Pedro Sánchez y su equipo la noche de las elecciones: chaqueteros. No sois progresistas auténticos. Os doy la oportunidad de enmendar vuestro error. Votad otra vez. ¿No veis que no estáis comportándoos como lo que no sois? Me imagino estos días los debates y las conversaciones en las mesas de las casas socialistas. Los niños, atentos. Intrigados. En alguna, seguro, un crío ha preguntado, como en aquella histórica campaña del Atleti en 2001: «Papá, ¿por qué somos del PSOE? «. Los interrogantes de los hijos, siempre los más difíciles. Concluía el anuncio que era algo que no se podía explicar. El fútbol, cuestión de fe. La diferencia es que la política sí puede explicarse; es más, debe hacerlo. Porque no es un sentimiento aunque insistan en que lo parezca. La política no es pasión, es gestión. Se ve. Se toca. Es lo que se hace con un país. Con sus personas. Con su dinero. Con sus instituciones. Con sus leyes. Sánchez ha convocado sus elecciones desde la rabia. Su peor baza no es esa, sino que ahora será un presidente triste tratando de interpelar al alma profunda de sus votantes… desde el miedo. Como si España no hubiera aprendido que el «tú aguanta», es el peor consejo, y el «voy a cambiar» el mayor embuste de las relaciones personales. Porque no nos engañemos: incluso en tiempos de Inteligencia Artificial, la política la siguen haciendo las personas. Por eso, sus nombres y apellidos son la única respuesta racional a la pregunta de por qué se vota a un partido.