Una jornada completa en la Barcelona del Colau-Caos supone una prueba de estrés difícil de superar. Si uno anda por el edificio de Correos cargado con un equipo audiovisual que no puede acarrear en el bus o en el metro y solo le queda la opción de utilizar un taxi para llegar al paseo de Gracia esquina Valencia tendrá que dar una vuelta que, al estar Vía Layetana y Ramblas cortadas por obras, le llevará por el parque de la Ciudadela y el paseo San Juan hasta Aragón para acceder a su destino. Tantas obras al unísono para poderlas inaugurar en periodo electoral -como la «vieja política» que prometía abolir son el «efecto indeseado» de «pacificar» Layetana. Otro efecto indeseado. Vivir en Comte de Borrell obliga a una carrera de pasadizos al borde de las zanjas. Cualquier tramo entre vallas parece una versión urbana del camarote de los hermanos Marx: en unos pocos metros cuadrados, motos que aparcan donde les pilla, vehículos que intentan descargar las cajas de cerveza para el bar , una anciana en silla de ruedas varada entre cascotes, el ciclista de turno, la familia con su prole que porfía por llegar a la escuela y otra señora cuyo díscolo can olisquea la basura que rebosa de una papelera que hace la función de contenedor. Quienes disculpan a la peor alcaldía de Barcelona aducen que las obras públicas siempre son incómodas: cuando finalicen todo será accesible y bonito. Y nos tememos que peligroso: al desaparecer la distinción entre aceras y calzadas, habida cuenta del escaso civismo autóctono y la nula educación vial, las « superislas » serán un «campi qui pugui» donde el peatón se sentirá más acechado que nunca por el tráfico rodado. Noticia Relacionada SPECTATOR IN BARCINO reportaje Si El velo de Maya populista Sergi Doria Según el hinduismo, Maya designa la irrealidad. En Cataluña llevamos demasiado tiempo con el velo de Maya. El ilusionismo populista La cacareada « pacificación » no será tal: las mesas de madera o cemento convertirán la calle en sucursal de un merendero de Les Planes y las terrazas reproducirán el decibélico ambiente de Enric Granados. «Pacificar» desplaza el tráfico a otras vías: de Consell de Cent a una calle Valencia reconvertida en autopista. La realizadora francesa con la que padecí el indeseado circuito Correos-paseo de Gracia aseguraba que la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, era peor que la nuestra: «¡Algo habrá hecho bien, Colau!», aseveraba. «Claro que sí», respondí. «Hasta los dirigentes más abyectos hacen alguna cosa bien». ¿Y qué ha hecho bien Colau? Mejor dicho: ¿que parecía que había hecho bien? El control de los pisos turísticos … Hasta que una sentencia que obliga al Ayuntamiento a autorizar 120 pisos turísticos en un mismo bloque de la calle Tarragona ha demostrado que, como sucedió con la Zona de Bajas Emisiones (ZBE) del inepto Eloi Badia, tampoco el Plan Especial de Alojamientos de Uso Turístico (Peuat) -el gran estandarte del colauismo- estaba bien concebido para atravesar los vericuetos judiciales. A falta de argumentos más sólidos, el ayuntamiento culpa a los jueces, al gobierno y la Generalitat. Según Janet Sanz, la teniente de alcalde que celebró el cierre de Nissan, «el PSOE ha renunciado a regular los apartamentos turísticos en la ley de la vivienda». Lo dice una representante de la extrema izquierda que gobierna en coalición con Sánchez. Otro efecto indeseado. El populismo progre y cursi que padecemos pasará a la Historia por perpetrar leyes que consiguen lo contrario que perseguían como el «sí es sí», la regulación de alquileres, la chapuza de la ZBE o este Peuat repleto de agujeros por donde se cuelan licencias turísticas. La obsesión por controlar la velocidad también genera efectos indeseados. Esther Armora demuestra en un exhaustivo reportaje que los nuevos radares, algunos con limitaciones de 30 kilómetros por hora, castigan también a las ambulancias. Si el principal deber de un vehículo sanitario es llegar cuanto antes para responder al auxilio de un paciente cuya vida corre peligro, en la Barcelona de Colau cumplir con ese deber acaba en sanción: « Los radares no discriminan y cuando un vehículo pasa a velocidades superiores a las establecidas lanza la foto», explica Armora. Y lo peor es que las alegaciones por esas multas absurdas no siempre se aceptan: la empresa de ambulancias debe abonar las sanciones (unas sesenta por semana). La extrema izquierda vive de perorar la utopía, pero es incapaz de gestionar una realidad que pretende amoldar a sus dogmas. A cuatro semanas de las municipales, Barcelona es una sentina de okupas -vayan a la Bonanova y verán como las gastan-, fumaderos de cannabis, homeless, suciedad (la sexta ciudad de España), inseguridad, movilidad problemática y sectarismo ideológico. Colau se encaramó a la alcaldía porque Valls prefirió el mal menor de la coalición Comuns-PSC a una Barcelona bajo la férula del independentismo. El efecto indeseado del «susto o trato » ha dado los peores cuatro años que se recuerdan en esta ciudad.