Como creemos antes al de fuera que al de casa, ahora ya sabemos que viene una crisis. Lo ha dicho Macron, a quien nadie ha tachado de agorero como sí a las voces que llevan advirtiéndolo en España desde antes del verano. Dado que somos postmodernos, confiamos más en el extranjero y en las bolsas internacionales que en los locales y las lonjas. Como si la base de nuestra existencia fueran los chips tecnológicos en vez de la patata y el cereal. No es por no mirar a París –es imposible despegar la mirada de París–, sino por no levantar los pies de la tierra. En el mayor viñedo de Europa, que es Castilla-La Mancha, se espera la peor vendimia en 20 años. La cosecha de aceituna, igual. En Extremadura no están mejor. Súmenle gastos de combustible y voilà. Desconfíen de quien intente explicar la inflación con complejas ecuaciones. Los bancos son tiendas de dinero y el pan y la cerveza salen de la tierra. Ucraniana o manchega, pero tierra. En 50 años, se quejan los agricultores cerealistas de aquí, nadie les ha subido el precio de la cebada. De vez en cuando, incluso, se lo abaratan. «¿A ti te han bajado alguna vez el precio de la cerveza?», me preguntan. No contesto para no poner más el dedo en la llaga, pero así gira la rueda de la economía. Con el engranaje basado en la no abundancia desde la base. Pero se nos olvida. Si no crece el grano o no sube el precio en origen, no es culpa suya ni mía, pero lo mismo nos da presumir de freír a impuestos a los bancos. Política de grandes titulares frente a política de gestión de recursos. Promulgado oficialmente el fin de una era al otro lado de los Pirineos, cabe preguntarse quién ha vivido en la abundancia hasta ahora. Pero sobre todo qué es o de qué está compuesta la abundancia. Es más, ¿cuándo ha existido la abundancia? El ser humano puede vivir años sin electricidad, pero pocos días sin comer. Menos sin beber. Sin embargo, hemos inventado la basura y no el agua. La primera abunda. La segunda, no. Así estamos. No sabemos qué hacer con el desperdicio infinito y el agua se la pedimos a los dioses. Desde Egipto y los mayas. Bruselas ya no esconde que algún día va a racionar el líquido de la vida. Vuelvo a La Mancha, donde centenares de pueblos llevan lustros acostumbrados a abrir el grifo y que en determinadas horas no salga una gota. No habrán oído hablar de ecoansiedad, pero imaginen lo que les preocupa la luz del escaparate que no tienen. Ahí las dos Españas. El que haya vivido creyendo en la abundancia que levante la mano. Nunca la hubo. Otra cosa es que algunos gobiernen simulando una ficticia abundancia: las de los recursos infinitos. Ya verás cuando se enteren de que para que crezca un grano, además, hay que trabajar la tierra. Por eso es importante a quién creer. Macron no anuncia nueva era. Nos despabila del sueño. Bienvenidos al nuevo viejo despertar.