La semana pasada escribí un artículo que me he tenido que comer, con gran disgusto. Fue sobre mi regreso al hotel Mas ses Vinyes, en Begur (Bajo Ampurdán). Había pasado algunas noches muy agradables allí con mi familia los veranos de 2019 y 2020. Realicé la reserva, la pagué, y llevado por la emoción de ir escribí la página que pudieron leer el sábado. También la leyó el director del hotel, que me llamó la misma mañana de mi visita para comunicarme que mi reserva había sido cancelada y el dinero devuelto a mi cuenta. Mas ses Vinyes es desde el verano pasado un hotel 'adults only' en el que los niños están prohibidos. Está explicado en la página web pero sabía de memoria cómo hacer la reserva y qué habitación quería, de modo que no presté atención a las explicaciones. También es cierto que en algún momento del correo de confirmación se menciona este hecho, pero yo no he venido al mundo a leer correos de confirmación. Por mucho que intenté que hicieran conmigo una excepción, el tal director fue tajante. He educado a mi hija para que pueda acudir como un adulto a toda clase de hoteles y restaurantes. Me parece muy bien que se reprenda a los padres de los hijos mal educados, y que se les obligue a observar unas normas, y una compostura, pero prohibir a los niños me parece determinista, discriminatorio: es cancelar a alguien por lo que es y no por lo que hace. Mi primera reacción fue aceptar que una empresa privada puede hacer lo que le dé la gana, y orientar su negocio de la manera que más le convenga. Pero luego llegué a la conclusión de que en este caso se trata de un argumento débil, porque en modo alguno estaría permitido prohibir a las mujeres, a los negros, a los calvos, a los gordos o a los homosexuales. Tampoco a los viejos, o a los judíos o a los gitanos. Y eso que a mí nunca un niño me ha molestado en un hotel, y en cambio algunas mujeres, con el modo tan atroz que tienen de tratar a sus maridos, me han ofendido bastante. Los niños son sus padres, y lo bien o mal que se porta Maria a sus 10 años es lo bien o mal que Anna y yo la hemos educado. Es lógico que en discotecas, salas donde se realizan actividades sexuales explícitas y algunos otros lugares los niños no puedan entrar, pero más por su «protección» que por el prejuicio que alguien pueda tener en general con ellos, porque algunos -o bastantes- que no han recibido ni la atención, ni la educación, ni probablemente el amor de sus padres, resultan inadecuados y molestos. Más allá de lo que me entristeció no poder volver con Maria a Mas Ses Vinyes, creo que el concepto 'adults only' es contrario a la libertad y denigrante. Dice poco de la categoría personal de los dueños del hotel discriminar a un sector de la población porque algunos de sus miembros no sepan comportarse. Dice poco de su condición humana y mucho de esa pereza con que tantas veces matamos al perro en lugar de curar la rabia. Aunque no pudimos dormir allí acudimos igualmente al restaurante, Simpson, que está en las dependencias del hotel pero nada tiene que ver con su empresa. Entre los clientes que se hospedaban en Mas Ses Vinyes detecté por los menos a dos narcotraficantes, y no es una metáfora, y todo el mundo los conoce, y todo el mundo lo sabe. No dejar entrar a un niño porque presupones que va a portarse mal y va a molestar a los demás es tan cínico y ridículo como dejar entrar a otro que sabes positivamente a lo que se dedica. No es sano que una sociedad dé por perdidos a los niños y los aparte. Además, pienso que tal discriminación no puede ser legal, y espero que la Justicia me dé la razón con la querella que estoy a punto de interponer contra la propiedad, no tanto por mí, como porque este tipo de segregaciones no puedan darse más en España. Estas cosas tienen que aclararse y tienen que aclararlas los tribunales. No hay que cancelar a los niños, hay que exigir a los padres que los eduquen como Dios manda. Hay que reprender al padre cuyos hijos molestan a los demás clientes o causan un alboroto que no guarda proporción con la delicadeza del lugar. Así en el Ritz como en Horcher, que por cierto, son lugares mucho más importantes, y caros, y especiales, y los niños son perfectamente bienvenidos y bien tratados. A los niños hay que educarlos y a los padres hay que exigirles que los eduquen en condiciones, y hay que reclamarles si no lo hacen, llamarles la atención, y recordarles que hay unas normas de convivencia para vivir en sociedad que tienen que atender si quieren que les aceptemos en la vida pública. Una sociedad mejora exigiendo, mejora esforzándose por superarse. La cancelación nunca llevó a nada bueno. Es de cobardes y de personas que no tienen ningún deseo de mundo mejor. Eso, por lo que refiere a la propiedad. El tipo de clientes que no quieren niños en un hotel es porque están resentidos por no haber podido crear una familia o porque son padres y viajan sin hijos. Las normas no podemos ponerlas para satisfacer a los resentidos, a los que hay que consolar siempre pero nunca darles la razón. Más delito tienen los padres que viajan sin hijos. No hay ningún viaje que yo haría sin Maria y es lamentable dar prioridad a los padres que interpretan que estar bien, o estar mejor, es estar sin sus hijos. A estos padres habría que avergonzarlos, no hacerles hoteles especiales. Maria me ha dicho que nunca más volveremos a Mas Ses Vinyes aunque la Justicia nos dé la razón y tengan que renunciar a su segregación. Y entonces por qué no les dejamos en paz, he pensado. Es por la pereza. Es lo que más irritación me causa. Esa pereza que lleva a la ignorancia, a la falta de empatía, a cortar por lo sano, a la cancelación de todo y a la falta de libertad. Esa pereza que es el principio de cualquier tiranía. La pereza es lo contrario de la curiosidad intelectual. La pereza que lleva a la generalización, al colectivismo, a la patada al montón en lugar de tratar a las personas una a una, caso por caso, como todos merecemos, y más cuando somos clientes. Esta pereza totalitaria, que descuida los dones, que resuelve los grandes asuntos a la baja, que es indiferente al prodigio y a la maravilla. Pereza abusona, grandilocuente, de una abrumadora vulgaridad y que por supuesto está en el corazón de la decadencia de nuestra era. Ir a Mas Ses Vinyes es ser cómplice de esta segregación, de esta malicia lugareña, enquistada. Prohibir a los niños porque algunos se portan mal es la otra cara de la misma moneda del 'me too' que trata a todos los hombres como si fuéramos unos violadores y unos asesinos en potencia, y a todos querría prohibirnos, metiéndonos en la cárcel. La educación es siempre el mejor antídoto contra resentidos y perezosos, contra el atraso siempre cateto. Prohibir es el modo más mediocre de esquivar un reto. Demuestra que eres más hombre y supéralo.