Confieso que lo que más me divierte es llevar una vida sencilla, sin adornos ni excesos. Si yo tengo una verdadera afición, es la afición a la simplicidad. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, el exceso de apertura cultural a todas las modas progres está propiciando una suerte de cultura asfixiante y un debate muy retorcido. Para respirar, leo autores españoles, aquellos que ya no se publican, a quienes se les niega o se les ignora o se les desconoce, porque ahora somos un país de bárbaros. Bárbaros snob, que es lo peor, porque vivimos de snobismos importados, como las modas woke americanas. Y hemos condenado de una manera bárbara al olvido a escritores portentosos, como mi querido Paco Umbral, como Josep Pla y Gómez de la Serna y Miguel Delibes y tantos otros. Si la 'vida cultural' se construye a costa de perder las raíces y nuestra cultura imbuida de virtudes civilizadoras, si los españoles se arrugan a la hora de defender su cuento, podemos deducir que España no tiene ganas de vivir más que de prestado. En cuanto a la vida política, yo cuando habla el presidente, leo las esquelas de ABC. Yo es que paso mucho, que para eso estoy con la literatura y además, hace tiempo que se me fue esa estúpida ilusión que ponen algunos españoles en los políticos. Frente a los reaccionarios, a los oscurantistas, a los tradicionalistas y todo eso no hay, efectivamente, más que un solo partido del hombre (con perdón) moderno. Hoy el españolito moderno aspira a una homogeneidad cultural que se impone como un totalitarismo bárbaro, que excluye al diferente. La reconciliación con la pluralidad y la cultura propia no ha tenido lugar, y vemos desprecio a las raíces, odio a la nostalgia, estupor y decepción con los recalcitrantes. «¿Por qué hay todavía gente así? ¿Cómo vamos a perder el tiempo debatiendo con ellos?», se preguntan. Se hace evidente una constatación: el español aún se mueve por lealtades y sentimientos de arraigo y pertenencia, aún retiene algo de su cultura. Los portavoces de la progresía consideran, sin embargo, a los recalcitrantes, no como interlocutores, sino como obstáculos en el debate de ideas. A mí este 'debate' de los modernos me produce una sola inspiración: la de dormir. Toda esta tranquilidad que me invade hace que me vea obligada a pasar mucho rato sumergida en una misantropía flotante, una soledad literaria. Nuestra cultura, como un un mausoleo brutal, va quedando sepultada por su herencia. La cultura recalcitrante hoy genera miles de interacciones, debates e indignación progre, y se olvidan que el español ha generado conocimiento de una dignidad trascendente. Así las cosas, los tiempos modernos tan sólo conducirán a una mayor uniformización, tosquedad y estupidez, y nadie se planteará la cuestión de saber lo que es preciso preservar, atesorar. Con esto simplemente quiero oponer al método revolucionario el método de la continuidad, y sosegar el 'debate' entre los paralíticos y los epilépticos.