La descomposición del Liverpool
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Hoy, los de Anfield son quintos con 34 puntos, con solo nueve victorias en los primeros diecinueve encuentros y una en los últimos seis. Prueba de fuego esta noche (21:00, DAZN), pues se enfrentan al siempre peligroso Tottenham de Mourinho, su inmediato perseguidor en la clasificación, y que de perder contra este saldrían de los puestos europeos. Seguramente, para encontrar un primer porqué en esta situación, haya que remontarse al pasado octubre, al derbi de Merseyside, en el que el portero del Everton, Pickford, atacó al balón y a la rodilla de van Dick, central del Liverpool y uno de sus jugadores más influyentes. El neerlandés, que llegó en 2018 por más de 80 millones de euros, fue la pieza que completó la transición del los «reds» hacia la élite, y su lesión la que los ha devuelto a la humanidad. Su baja, por rotura de ligamentos, se prolongará todo lo que queda de campaña.
Pese a lo mucho que influye todo lo que pase en el centro del campo, el mejunje, en el fútbol aún dominan las áreas, y si la ausencia de van Dick es un problema en una de ellas, la delantera del Liverpool, menos fina de lo que acostumbra, lo es en la otra. De hecho, no ha metido gol en liga desde que empezó 2021, una estadística que gana en perspectiva, pues el conjunto anotó la temporada pasada 98, la segunda mejor marca de la historia de la competición. En la actual ha acabado la primera vuelta con 37 y solo Salah ajunta buenos registros (13). «Nadie en el equipo piensa en las cosas buenas que nos han pasado en los últimos años. Tenemos un problema, lo tenemos todos. Pero tengo confianza, no te preocupes por nosotros», dijo Klopp a un periodista después de que el equipo fuese eliminado la semana pasada de la FA Cup (3-2 contra el United).
«En cuatro años ganaremos»
Algo más de cinco años separan este momento de la primera rueda de prensa de Jürgen Klopp como entrenador del Liverpool, en octubre de 2015, toda una declaración de intenciones. El equipo del noroeste de Inglaterra venía de perder una liga que solo ellos podían perder, aquella en la que su capitán Steven Gerrard se resbaló en uno de los partidos decisivos y propició el funerario gol del Chelsea. Buscaba su identidad en definitiva, también acabar con su gafe liguero, pues desde el 89 no llegaba el trofeo a sus vitrinas. Klopp entró en una sala de prensa abarrotada de flashes y caras largas y, el alemán, se puso a reír y a saludar como si nada. “En cuatro años ganaremos». No dijo ni cuánto ni cómo, solo unas palabras que, inesperadamente, se hicieron realidad.
El Liverpool, hasta esta temporada, era una de los grandes referentes del fútbol europeo de los últimos años. «Mo»
Salah se había convertido en uno de los delanteros más eficaces del planeta, siempre bien secundado por Firmino y Mané. Tal ha sido la influencia del egipcio que incluso la islamofobia y los insultos racistas en redes han descendido en la ciudad. El equipo, un precursor que vio antes que nadie (o fue el mismo quien propició el cambio) que el fútbol más lento y de posesión tenía las horas contadas. Presión y velocidad en las transiciones, dos ideas que el Liverpool ha llevado al extremo de la perfección. «A mi señal, ira y fuego», que dijo Máximo Décimo Meridio. Toda una joya ornamentada por un buen puñado de jóvenes británicos sin demasiados complejos (Alexander-Arnold, Robertson), algún veterano (Henderson, Milner) y el central más caro de la historia, Virgil van Dick. El resultado, una Champions, una Premier, una Supercopa de Europa y un Mundial de Clubes, además de varias finales nacionales e internacionales cuando el equipo aún estaba en maduración. «En cuatro años ganaremos». Eso mismo es lo que deben hacer hoy.
