La herencia envenenada de Illa
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No hay, siquiera, coherencia entre los propios socialistas, porque conviene no olvidar que la modificación del protocolo extremeño se produce en medio de un escándalo nacional por las vacunaciones privilegiadas de concejales, alcaldes, militares, algún obispo y hasta un fiscal jefe territorial. Será por enchufismo, desvergüenza, insolidaridad o, simplemente, indiferencia, pero todo esto sucede a pesar de que Pedro Sánchez garantizó a los españoles que había una planificación para que todo el país tuviera un proceso equitativo de vacunación. ¿Para qué sirve el Gobierno de una nación si no es para hacerse presente en estas circunstancias y tomar las riendas del país? Desde el 14 de marzo de 2020, el Gobierno de Sánchez ha mandado mucho, pero mal; ha ordenado mucho, pero sin gestión. La gestión, hoy, está en manos de las comunidades autónomas, cuyos gobiernos no responden ante todos los españoles, sino solo ante aquellos que viven en el ámbito autonómico. Y un político con responsabilidades limitadas a su terruño ni tiene, ni se le puede exigir, una respuesta nacional. Tal respuesta solo le compete al órgano que constitucionalmente tiene los recursos y las facultades necesarias para implantar aquello que se llamó «mando único». Pero Sánchez solo juega a confundir.
No acaba aquí el legado envenenado de Illa a la nueva ministra de Sanidad. Lo más grave que le podía pasar al proceso de vacunación ocurrió ayer: se interrumpió la administración de vacunas en Madrid y Cataluña porque solo hay dosis para administrar la segunda a quienes ya recibieron la primera. Se ha cumplido el temor que expresó el Gobierno madrileño de que la cadena de distribución sufriera problemas o interrupciones. Las causas estarán en la disputa entre Bruselas y las farmacéuticas, pero las promesas a los españoles se las hizo Sánchez. Le llovieron las críticas a Ayuso por anticiparse a esta crisis de abastecimiento y reservarse viales para garantizar el proceso de inmunización a quienes ya tuvieran administrada la primera dosis. Ahora se ve que el optimismo falsario de Sánchez, Illa y Simón tenía las patas cortas y que España se asoma a lo peor de la tercera ola con diecisiete planes contra el virus, sin reservas de vacunas y el sistema sanitario al borde del colapso.
