Amputado Santa Cruz
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El espacio en el que se exhibe parte de la colección de Polo es magnífico, tan magnífico y extraordinario que en él se luciría cualquier cosa que se expusiera. Hay que encomiar el excelente trabajo de rehabilitación, así como las cartelas explicativas de las diferentes dependencias. Y agradecer que los ciudadanos por fin podamos disfrutar de monumentos tan singulares como el oratorio que dicen perteneció al rey taifa al-Ma’mún. Pero la obra que alberga este rebautizado Centro de Arte Moderno y Contemporáneo de Castilla-La Mancha no tiene ninguna vinculación con Toledo ni con Castilla-La Mancha, excepción hecha de un único lienzo de Canogar que cuelga en la escalera. Artistas europeos y americanos, en su mayor parte poco conocidos (y desde luego más asequibles en el mercado internacional que las «primeras» firmas), entre los que llama la atención el elevado número de pintores belgas, nos proponen un recorrido por la pintura del siglo XX que pretende reescribir la historia de las vanguardias.
Pero nuestra intención al escribir estas líneas no es emitir juicios estéticos, siempre discutibles, sino denunciar la gravísima mutilación de uno de los museos provinciales más importantes de España, nuestro querido Museo de Santa Cruz, al que no solo se le ha impedido crecer sino que durante unos meses se le ha privado del crucero superior (temporalmente, pues en ningún momento ha habido cesión de este espacio ni del derecho de su uso o gestión). Asimismo le ha sido sustraído el salón de actos, ubicado en la iglesia de las Comendadoras de Santiago, y eso que hasta el último momento el anterior consejero de Educación y Cultura prometía que esta cesión no se iba a producir. Ya solo nos queda esperar que no se consume la pretensión de Polo de ampliar su colección a otros espacios como la antigua Biblioteca del Miradero, de titularidad estatal. Y que nadie interprete estas críticas como una proclama carpetovetónica contra el arte contemporáneo. Creemos, por el contrario, que Toledo, acostumbrado desde hace siglos a vivir de las rentas de su glorioso pasado, necesita apostar por las nuevas formas de expresión artística, y ahí están las aclamadas (como intermitentemente descuidadas o abandonadas por las administraciones competentes) fuentes de Cristina Iglesias como un hito relevante de ello. Tampoco nos oponemos a que la colección de Roberto Polo venga y se instale en Toledo, si así lo desea; antes al contrario, somos sinceros al decir que sería bienvenida en otro espacio de la ciudad y que nos alegraríamos si su colección gozase de una mejor acogida por parte del público que la que tiene ahora. Lo que cuestionamos es su emplazamiento, que amenaza uno de los espacios culturales más importantes de nuestra ciudad. A todo esto nos sorprenden las escasas voces que se han oído en contra de este proyecto realizado con increíble celeridad, o el inusual empeño con que lo han defendido algunos representantes de (otrora) prestigiosas instituciones culturales de la ciudad.
Quizás en otro momento podamos hablar de otras apropiaciones indebidas del espacio público, como las perpetradas por algunos establecimientos hosteleros en plazas de nuestra ciudad, por ejemplo en Santo Tomé o en la Magdalena. O la sobreexplotación turística de las ya casi intransitables calles comerciales del casco histórico, cuyas tiendas no solo se ha llenado de baratijas para el turismo de masas sino también, y contra las ordenanzas municipales, han invadido con sus expositores la vía pública. Y que no se nos malinterprete: igual que queremos el arte contemporáneo queremos el turismo, a sabiendas de que, como a todo lo que se quiere, hay que cuidarlo, nunca maltratarlo.
