Diario de un jubilado en Nueva York (69): Sueño de una noche toledana
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agones llenos de maletas vacías, las vías que finalmente se juntan, la taquilla, con un águila de plomo, cerrada, la sala de espera un refugio de ancianos, jaula de pájaros perdidos, con pasajeros borrosos, un olor a alquitrán y a humo manso. El revisor una estatua de sal con el silbato lleno de arena y en el cruce más peligroso un letrero que dice: «ojo a la esperanza, estación final».
A lo lejos, subiendo una cuesta y pasando un puente sobre un río de cieno, la ciudad imposible: un museo de piedras donde la belleza vive encarcelada en sótanos salobres y en un convento restaurado.
Peñascosa pesadumbre surrealista.
