El sol de julio y agosto ablandaba las ventanas de la calle Saint-Benoît con la misma fuerza de las tardes abrasadoras en Saigón. Sofocantes fueron para Marguerite Duras el calor del primer sexo y el del deseo ya extinto. Su vida entera llevó a cuestas el cuerpo como un crematorio, una paila ardiente de castigo, gozo y penitencia. El verano vive en la escritura de Marguerite Duras como memoria de la paliza, las que le repartieron por igual su madre, su hermano y la vida. A la francesa se la lee con ampollas en el espíritu. Читать дальше...