La vidriera de Hockney
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La Abadía de Westminster es una joya del gótico sajón. Ha servido para bodas y sepelios recientes de la Familia Real y alberga en sus criptas lo más granado de la aristocracia, de la ciencia y de las artes del Reino Unido. Allí veo, en el transepto norte, el hockney llamado la Ventana de la Reina, realizado en su honor. No es una obra figurativa como cabría esperar (Hockney es conocido por su arte pop, por pintar piscinas y por sus altos precios), y ha pretendido con sus policromados un efecto campestre de verdes, amarillos, rosas y rojos, capaz de inspirar primaveras a Igor Stravinski. Lo único que puedo decir de la vidriera es que me gusta, opinión que no comparte el educado caballero inglés que nos acompaña con sus explicaciones y que, para mi sorpresa, exhibe un excelente castellano.
Parece ser que a la mayoría de las personas que trabajan en Westminster no les agrada la vidriera, pero admiten la necesidad del encargo por su trascendencia cultural. No quiero filosofar tan de mañana pero le pregunto en tono distendido: «Veo que allí está enterrado Darwin, ¿cree que a él le habría gustado?». A mi interlocutor le brilla la sonrisa. Sugiere que no: la teoría de la evolución de Darwin era gradual y este cambio de ventanal ha sido explosivo, más propio de un saltacionista (forma de evolución que viene de «saltus», salto). Se me ocurre comentarle que Oscar Wilde, vecino de placa de Darwin en la basílica, habría deslizado en ese caso uno de sus célebres chascarrillos: «Atrévete Charles a decir ahora que el rollete de la evolución no va contigo».
Sabemos que Darwin proponía una idea de evolución pausada, reflejada en vestigios petrificados. Sin embargo, el saltacionismo abogaba por un cambio brusco, carente de estados intermedios, razón por la cual no aparecía en los fósiles. Pues bien, Hockney ha dado con su vidriera un «salto» del siglo X al siglo XXI, y lo ha hecho de golpe. La idea poderosa que traslada es que esa vidriera podría ser el principio de algo distinto, algo menos lúgubre y más glorioso.
Durante años se ha discutido si el progreso tenía que ver con los cambios mínimos y permanentes o con los espaciados y bruscos sin que se haya llegado a un acuerdo, pero da la impresión de que el deán de Westminster, John Hall, que es quien ha encargado la obra, es un pastor decidido ya que, en los últimos mil años, las vidrieras se reproducían con mínimas variaciones de manera interminablemente aburrida. Estas reflexiones me hacen recordar que Luis Domenech y Montaner (coetáneo de Gaudí y de sus todavía proyectos de luz para La Sagrada Familia) revolucionó con su arte modernista de cerámicas vidriadas el Palau de la Música de Barcelona en 1906 y que la obra de Mikel Barceló, de parecidos materiales, ha decorado convulsivamente la catedral de Palma de Mallorca en 2006. Tanto en Gaudí como en Barceló la idea de evolución es distinta que en Hockney -por mucho que sus estilos sean incluso más rompedores- pues siguen representando, la vida de Jesús, mientras que la de Hockney de religioso no tiene nada.
Hay una frase en el idioma inglés que dice: «Beauty is in the eye of the beholder» (la belleza está en el ojo del que mira). Sugiere que sin una sensibilidad previa formada en buenas lecturas, viajes o artes escénicas, dos personas de la misma edad y parecidas dioptrías disfrutarán de manera distinta ante esa vidriera. El comentario vale para figuras y abstracciones. Lo importante es atreverse a mirar. A partir de ahí -y solo en ocasiones- el arte te comunica algo y te emocionas con él. Es un intercambio inadvertido y casi mercantil. La vidriera de Hockney pide ser analizada con ojos propensos y devuelve a través del lenguaje artístico un cálido reflejo de amistad que nos tonifica. Quien la contemple con satisfacción también verá con respeto -le gusten o no- obras tan extremadamente escandalosas por su temeridad como los Inmateriales de Ives Klein (paredes desnudas con título: Inmaterial número 1, Inmaterial número 2…, que de vez en cuando, para estupor general, todavía vagan por las grandes subastas). Hablando de paredes desnudas, suscribo lo mucho que ahíta contemplar arte. Hace años visité en Nueva York la casa de Robert Hughes, crítico emblemático de la revista «Time». Pensaba que me encontraría una residencia llena de obras maestras tan impactantes como el título de su último libro «El Shock de lo Nuevo», pero las paredes estaban vacías. Era, imagino, la forma de relajarse de alguien saciado de belleza.
A los pocos días de visitar la vidriera de Hockney, unos amigos nos invitan a un pueblo pequeño de Burgos llamado la Vid. Allí entre viñedos y bodegas, se halla una abadía gótica poco conocida pero espléndida: Santa María de la Vid, casi tan antigua como Westminster y con una Virgen de belleza extraordinaria. Sus vidrieras, de sobriedad mostense, son claras para que cautive la luz, pero en la sacristía hallamos dos ventanas que riñen con aquellas y que representan dos cruces de colores acrílicos con un efecto acuarelado parecido al de Hockney. Insisto, son cruces y no formas laicas. Vemos que la Iglesia católica española desde hace más de un siglo comenzó a evolucionar en sus vidrieras, pero sin caer en la tentación de convertirse en pinacoteca.
En los ochenta, en París, le propuse al conocido pintor abstracto J. M. Broto invitarle a comer a «La Coupole», a cambio de que me enseñara su estudio. Me llevó a una vieja iglesia abandonada en la calle de Pierre y madame Curie que él, Barceló y García Sevilla, habían convertido en su taller particular. Hasta los confesionarios y los cristales de las claraboyas estaban pintados. Dio las luces y una explosión de color rozagante lo inundó todo. Quizá fue por recuerdos como este por lo que la vidriera de Hockney me gustó. Era como si desde cuarenta años atrás estuviera predispuesto a que el «Shock de lo Nuevo» no me decepcionara.
Salgo de Westminster y unos niños cantando christmas carols indican que pronto nacerá el Niño Dios. Feliz Navidad.
José Félix Pérez-Orive Carceller es abogado
