Epidemia de hedonismo
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El patriotismo (en su sentido más noble, no estoy hablando del nacionalismo), también cotiza a la baja. Muchas personas ya no se identifican con un proyecto común capaz de hermanar a todo un pueblo, sino que se refugian en ciertos rasgos minoritarios que son exacerbados (yo ya no soy español, o francés, o estadounidense... me defino como vegana, o LGBT, o adicta al pilates, o montañero, o hincha de los Lakers). En los campus anglosajones se extiende el fenómeno «piel de melocotón»: estudiantes que se niegan a que los saquen de su zona de confort y que rechazan todo debate intelectual que pueda cuestionar sus posiciones apriorísticas. Entre los jóvenes japoneses, el imperio de la comodidad llega al extremo de que se registra un creciente desinterés por las relaciones sexuales, pues al fin y al cabo obligan a salir por un instante del individualismo extremo. En Occidente cada vez tenemos menos hijos (cuidarlos es cansado, roban horas de ocio y dificulta nuestra perenne adolescencia).
En el ágora de internet todas las opiniones valen lo mismo y las voces se entremezclan en un griterío sin un guion claro. Están desapareciendo los políticos y grandes pensadores con ascendente moral sobre toda la sociedad, y los que lo logran se caen del pedestal a velocidad de vértigo (está estudiado que la taquicardia de internet, proclive a los juicios sumarísimos, ha acelerado los relevos de altos ejecutivos, la quema de los políticos y hasta el despido de entrenadores de fútbol). A lo largo del último año, con la crecida golpista catalana y todo lo que vino después, asombra la abulia con que buena parte de la sociedad española observa impávida como se van erosionando los pilares de nuestra democracia, las libertades y derechos que tanto costó conseguir. Esa ceguera, a la postre suicida, guarda mucha relación con la epidemia del individualismo y el hedonismo extremo que nos narcotiza.
