El arte de no mentir
0
¿Cómo? Analizando qué hizo mal. Sin duda su mayor error fue no ponerse a tono con los tiempos. Lo del «buen paño en el arca se vende» no tiene ya vigencia. Hoy se vende lo que mejor se anuncia. O, simplemente, lo que más se repite. En la era de la posverdad, la política ha dejado de ser «el arte de lo posible» de Bismark, para convertirse en el «arte de lo imposible», el arte de la mentira, en lo que la izquierda es experta, como los nacionalismos, que prometen paraísos y venden «futuros», no realidades. Estamos en la era de los timadores, de los charlatanes, no en la de los registradores de la propiedad. Que el equipo Rajoy no supo o no quiso dar esa batalla lo demuestra que la perdió por goleada, entregando a los rivales externos e internos las mejores armas, en forma de medios de comunicación, incluidos los estatales, donde por cada uno que lo defendía siempre había tres o cuatro que lo criticaban. Así ha pasado a ser «el partido más corrupto de la democracia», cuando el pico de la corrupción se dio bajo Felipe González, con el director general de la Guardia Civil, el Gobernador del Banco de España y la directora del Boletín Oficial encausados. O, más recientemente, con los ERE, que sobrepasan en número y volumen a Gürtel, pero se habla mucho menos de ellos.
La corrupción será el tercer punto a corregir del nuevo PP. Partiendo de que es del sistema, no de un partido, sino de todos, a los que se dio plenos poderes, incluida buena parte del judicial. Siendo su primer caso el de Juan Guerra, el «conseguidor» de su hermano vicepresidente. Y el primer escándalo, el reparto entre amigos de Rumasa. Aunque el PP aprendió pronto, con tesoreros que hacían caja. Eso se acabó. En adelante, cada euro que entre se contabilizará. A la política no se viene a enriquecerse, como hasta ahora, sino a servir al país, algo que puede hacer comparando el capital antes del cargo y tras él, e incluso a veces se pierde dinero. Al PP le corresponde el honor de devolver la política al arte de gobernar sin mentir ni robar.
A Pedro Sánchez hay que enfrentarle con sus mentiras. Pero de eso se encargarán mejor la extrema izquierda y los nacionalistas. En cierto modo, hay que agradecerle que mantenga el programa económico de Rajoy, reforma laboral, presupuesto, financiación territorial, que les escuece. Pero lo más grave y urgente es el problema catalán. Intenta desactivarlo con gestos, pero los nacionalistas quieren hechos y, al final, independencia. Las declaraciones de uno de los más «moderados», Tardá, a TVE fueron un torpedo a las ilusiones de Sánchez. Empezó por equiparar al PSOE y al PP por haber aceptado el 155, y terminó exigiendo al Rey que pida perdón a los catalanes por pronunciarse contra el referéndum anticonstitucional y la declaración, más inconstitucional aún, de independencia. No contento con ello, dejó muy claro que no se contentan con otro estatuto, quieren «derecho a decidir». Sánchez pretende hablar con ellos, pero el único diálogo que admiten es legalizar su secesión, un imposible físico y metafísico, pues no puede haber una república en una monarquía ni una nación de naciones, al incluir el concepto de nación una unidad de origen y propósitos, que no se da ni dará en Cataluña. En cuanto fueran independientes, o imponían una dictadura o terminaban como Yugoslavia. La realidad de lo ocurrido la describió mejor que nadie Clara Ponsatí, la exconsejera de Puigdemont huida a Escocia: «Jugábamos al póquer con el Gobierno español, y nos tiramos un farol creyendo que no aguantaría. Pero el bluf nos salió mal, y perdimos». El farol de Pedro Sánchez no es montar un gobierno Frankenstein, como se ha dicho, sino a patch-work program, un programa de retazos, en el que hay de y para todos, que sobrepasa la política real para hacerse virtual e impedir que el virus catalán infecte al País Vasco. Lo veremos en cuando pase de los gestos a los hechos. Y tengo la impresión de que quiere hacer lampedusismo: cambiar todo para que continúe lo mismo.
En cualquier caso, el PP se encuentra en un momento crucial de su existencia. De las decisiones que tome para su liderato y programa, dependerá que recupere el papel relevante en un país que se cree progresista siendo conservador, como el nuestro, o desparezca como UCD. Algo parecido le ocurre al PSOE, con mucha más historia, pero sin haber resuelto su problema de las «dos almas», una revolucionaria y otra centrista. Lo que quiere decir que, en los próximos meses, va a resolverse el futuro de España. No es la primera vez que se encuentra en esa encrucijada vital. Pero sí lo es en la recién estrenada era de la globalización, donde todo ha cambiado, sin que podamos decir aquello de Ortega «España es el problema, Europa, la solución». Entre otras cosas, porque Europa tiene también su problema. Cifro mi esperanza en que hemos estado en encrucijadas tanto o más graves, y sobrevivimos. Tal vez España sea más fuerte de lo que creemos los españoles, independentistas incluidos, que cuando se convenzan que no puede chantajearse a un Gobierno español, se avendrán a razones. Pero antes tenemos que no dejarnos chantajear.
