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En el centroderecha lo habitual era la elección de arriba abajo en candidaturas, puestos orgánicos y, cómo no, en el puesto principal. Al PP no le sentaban bien las decisiones asamblearias y las pugnas excesivamente abiertas dejaban enemigos por el camino y fomentaban algo muy habitual en ese partido, los clanes y familias. ¿Se acuerdan ustedes del gracejo andaluz de Antonio Hernández Mancha en cómo acabó? Se apostó por la juventud, la energía y la verborrea fácil, dejando a Herrero de Miñón y Aznar como la candidatura continuista, seria y demasiado a la derecha. Y todo fue un bluf. Al final hubo que ir por el camino más de andar por casa con una renovación calculada, lenta pero imparable. Y aún así, los manchistas estuvieron más de un año en el poder de Génova jugando a guerra de resistencia contra los propios compañeros y hasta contra ellos mismos.
De la historia del PP, que ya la va teniendo, se obtienen enseñanzas para los que militan en ese partido y tienen pretensiones. Ahora está de moda las primarias y democratizar lo máximo posible las elecciones internas. Eso está muy bien. Pero todo apunta a que se les ha ido un poco de las manos la proclamación de tantos aspirantes a presidente nacional.
En Castilla y León, el presidente Mañueco en los primeros momentos anunció que la comitiva regional irá unida a un candidato como una piña, pero resulta que de la zona tenemos a varios presidenciables con lo que es un brete elegir a uno para mostrar fuerza.
Lo recomendable sería en estas semanas unir candidaturas hasta dejarlas en dos. Pero ¿quién renuncia?
