Bruno Mars conquista el Estadi con su batidora de los ochenta
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Bien pensado, tampoco hay tantos artistas capaces de regresar a la carretera apenas un año después de su última actuación en la ciudad y pasar de abarrotar todo un Palau Sant Jordi a casi llenar un recinto tres veces más grande como el Estadio Olímpico de Barcelona. Una proeza que Peter Gene Hernández, renacido como Bruno Mars tras descubrir las propiedades recreativas y efervescentes del soul, sumó anoche a su historial de grandes logros mientras cerca de 54.000 personas, según la datos facilitados por la organización, asistían a su consagración como deslumbrante astro de la galaxia pop con más madera de «entertainer» que de icono generacional.
Todo un logro teniendo en cuenta que, para quien ya lo hubiese visto en abril de 2017, la única sorpresa debieron ser las dimensiones corregidas y aumentadas y el tamaño extragrande de ese escenario atiborrado de pantallas y luces de diseño que envolvió un concierto prácticamente idéntico, con el mismo guion y apenas un par de retoques en el repertorio. Una velada con aroma de déjà vu, minutaje tirando a escaso y algún que otro caprichito de nueva estrella -ese no permitir el acceso de la prensa gráfica, ese aparecer sobre el escenario con más de media hora de retraso y sin explicación alguna para desesperación de buena parte del público- que arrancó entre aparatosas tracas de pirotecnia, coreografías de gang travieso y un atracón de músculo melódico ochentero cortesía de «Firesse» y «24K Magic» y «Treasure».
Ahí estaba Mars, con su chaquetilla de béisbol, la gorra calada y la banda siguiéndole allá donde fuese -literalmente: si el batería no estuviese clavado al suelo, andaría también por ahí pegando brincos- entrando y saliendo a toda velocidad de los pellejos de Stevie Wonder, Lionel Richie y, claro, de esos valores seguros que son Prince y Jacko. Un baile de máscaras sin más pausa que esos momentos de cháchara en los que pedía baile, amor o un poco de ambos, y en el que lo mismo se arrancaba con un solo de guitarra para bajarle el azúcar a «Calling All My Lovelies» que jugueteaba con el funk robotizado y radioformulable de «Chunky», se daba un atracón de pop meloso con «That’s What I Like» o ponía a prueba sus dotes como baladista rompecorazones con esa «Versace On The Floor» servida entre algodones y arreglos que le habrían arrancando alguna que otra sonrisa a Luther Vandross.
Éxitos más o menos instantáneos con los que difícilmente cambiará el curso de la música popular pero que, concentrados en hora y media, componen un fogoso y entretenido viaje por la cara más comercial y melódica de la música afroamericana. Es precisamente ahí donde el hawaiano se mueve con soltura y tan pronto se permite deslizar pedazos de la marcha nupcial que se mete a todo un estadio en el bolsillo con la adhesiva sencillez de «Marry You», canción que sirvió anoche para enfilar una recta final y recordar algunas de las canciones que le lanzaron a la fama. Canciones como esa «Runaway Baby» de contornos casi rock y, de nuevo, explosiones pirotécnicas, y baladas para la exhibición vocal como «When I Was Your Man», receso alargado por un decimonónico solo de piano tras el que llegó, ahora sí, la traca final, con el gancho y el confeti de «Locked Out Of Heaven», el griterío de «Just The Way You Are» y el arrebato de «Uptown Funk», sin duda el mejor momento de toda la noche.
