6 años después, los efectos de la COVID-19 siguen creciendo silenciosamente en toda una generación
Hace seis años, expresiones como “R0”, “transmisión aérea” o “periodo de incubación” eran términos reservados para epidemiólogos. Hoy forman parte de conversaciones cotidianas. La pandemia convirtió, de manera abrupta e involuntaria, a toda una sociedad en estudiante de salud pública.
Aprendimos cómo se propaga un virus, por qué importan las vacunas y qué significa realmente que la ciencia “todavía esté aprendiendo”. Quizá uno de los legados positivos de la COVID-19 sea precisamente ese: la salud pública dejó de ser invisible. La ciudadanía entendió que las decisiones sanitarias afectan la vida diaria, las escuelas y hasta la manera en que nos relacionamos. Que se requiere un sistema de salud pública sólido capaz de responder con prontitud a estas emergencias.
La huella persiste. La respuesta reciente frente al hantavirus demuestra que muchas de las lecciones aprendidas permanecen: la población comprende mejor conceptos de prevención y vigilancia, y las instituciones reaccionan con mayor rapidez.
En un artículo nuestro publicado recientemente en Expert Review of Vaccines, analizamos cómo la pandemia impactó a la niñez latinoamericana, seis años después. La conclusión es clara: los niños no fueron los menos afectados en términos de enfermedad; pero probablemente serán quienes carguen durante más tiempo con las consecuencias. Al principio, pensamos que estaban relativamente protegidos. Sin embargo, luego llegaron las hospitalizaciones pediátricas, las complicaciones inflamatorias graves y el impacto desproporcionado en lactantes pequeños.
Las consecuencias más profundas no ocurrieron solo en los servicios de salud. Ocurrieron en aulas vacías, en niños aislados durante meses, en adolescentes con ansiedad y en familias obligadas a elegir entre protegerse o sobrevivir económicamente. América Latina vivió algunos de los cierres escolares más prolongados del mundo y todavía enfrentamos pérdidas educativas y emocionales difíciles de revertir. Desde etapas tempranas de la pandemia, la Sociedad Latinoamericana de Infectología Pediátrica (SLIPE) advirtió de que la región necesitaba repensar sus estrategias. No bastaba replicar modelos diseñados para países con realidades sociales distintas. La próxima pandemia no puede volver a encontrar a América Latina improvisando respuestas mientras la infancia paga el costo más alto.
Aprendimos que más información no siempre significa mejor comprensión. Las redes sociales y los medios de comunicación amplificaron miedo, enojo y desinformación, creando la ilusión de que unas cuantas lecturas convierten a cualquiera en experto.
Poner esta pandemia bajo la lupa implica reconocer justamente eso: el virus no solo expuso fragilidades biológicas, sino también desigualdades sociales y debilidades en nuestra relación con la información.
La COVID-19 no terminó cuando bajaron los casos. Sus efectos siguen creciendo, silenciosamente, en toda una generación.
avilaaguero@gmail.com
María L. Ávila Agüero es pediatra infectóloga, jefa del Servicio de Infectología del Hospital Nacional de Niños y miembro de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia Nacional de Medicina.
